14.10.13

Chingolo


de Jorge Ruibal

El silbidito del tren despertaba a Chingolo todas las mañanas, señal de que el expreso a Las Pipinas había llegado al pueblo. Viviendo al lado de la estación, en su rancho, ese sonido era el preludio del poderoso temblor que generaba la formación al pasar. Decenas de personas se bajaban, otras se subían entre abrazos, apretones de manos, despedidas o bienvenidas. La mercadería se movía de los coches de carga con los capataces arengando al sol de la mañana, y los señores de las estancias observaban todo detrás de los cristalinos vidrios de sus vagones privados. La vida del pueblo rondaba alrededor del tren y la gente de Buenos Aires. La inmensidad de alrededor de la rotondita central,  estaba dividida en grandes estancias ganaderas, surcadas por una buena cantidad de senderos de tierra. La peonada se había armado los ranchos al costado de los caminos, lo más cerca posible de los andenes.  Ahí en esa cuadra estaba todo: la escuela, el club, la capilla y los almacenes.
Chingolo se ganaba la vida como jornalero al igual que sus siete hermanos y su padre. Apenas termino la escuela, trabajaba todo el día y a la noche siempre pasaba a tomar una ginebra y jugar una baraja con los que se juntaban en el boliche de la esquina. Comían siempre en el alero del rancho, su madre cocinaba para todos; puchero, mondongo, empanadas y algunas veces, asado. Le gustaban los bailes, el vino, las chicas que venían de los otros pueblos (casi siempre se pudo arrimar a alguna que otra). La Chacarera la bailaba muy bien. El, todos los años, esperaba lo mismo: Carnaval, El día de la Patria, primavera y la fiesta de la doma. El pueblo se llenaba de gente, venían los artistas a cantar, todo era festejo,
Pero una mañana se despertó sobresaltado. Era tarde, había amanecido, no había silbidito, ni temblor. El tren no venia más.
La noticia sumió al pueblo en un silencio de cabezas bajas, surgieron profundos temores y días después, cuando estos se trasformaron en broncas, dijeron de ir reclamar a la cabeza del partido. La respuesta fue muy clara, la orden había venido desde arriba, de la Junta. No había nada que hacer y era mejor no molestar más, la mano estaba pesada. Los que no se quedaron conformes pudieron comprobar ese peso en carne propia, cuando la mano vino acompañada de un palo o de la culata de un rifle. Algunos se tuvieron que ir de apuro. Después vino lo peor, la cementera de Pipinas cerraba. Todo se iba a mover en camiones por la ruta, lejos del pueblo.
Los días empezaron a tornarse parecidos, silentes, aplanados. Solo algunos autos que pasaban de lejos eran la novedad, entre el polvo del camino donde el pasto ya comenzaba a ganar terreno sin que nadie se ocupara de detenerlo. No había trabajo y se empezó a comer salteado y a tomar de más.
Los primeros en irse fueron los que tenían los puestos y hacían la comida para los que venían a la estación. De los almacenes solo quedo uno y tiempo después ninguno. Se fue el carnicero y el que traía la verdura. Los campos se vendieron barato, los dueños nuevos venían de vez en cuando, pero la tierra no se trabajaba. Las caras que veía Chingolo eran cada vez menos variadas.
La madre andaba mal de salud y el padre tomaba mucho, estaba malo, con el diablo adentro. Los hermanos más grandes agarraron trabajo de caseros en una de las tantas estancias vacías de afuera del pueblo. Ahí, a veces, para no pasar hambre, cazaban vizcacha y perdiz con la única escopeta que tenían, con la misma que en una mañana de invierno su padre se arrancó la garganta de un tiro limpio, una semana después de la muerte de su madre. Los dos velorios se realizaron en la capilla y adquirieron la triste fama de ser los últimos que se hicieron ahí.
El cura se fue y no volvió.
Familias enteras se mudaron a Buenos Aires. Otras, tierra adentro, donde fuera que se ofreciesen puestos.
Nunca mas hubo fiestas, se fueron reemplazando por discretas reuniones nocturnas a la luz del farol de querosén, donde había muchos más litros de vino en damajuana que comensales en la mesa. La luz empezó a cortarse con frecuencia, hasta que todos se acostumbraron a vivir sin ella.
Con el paso del tiempo sus hermanos lo fueron dejando para irse también, algunos a otro lado y algunos al otro mundo, siguiendo el ejemplo de su padre.

El tiempo pasó, nada cambió y casi veinte años después del último silbidito, Chingolo se encuentra en la soledad de su rancho, ahora  venido abajo, con las paredes rajadas todavía aguantando unos viejos retazos de pintura celeste. Perdió su pelo, sus dientes y varios kilos. Pasa sus tardes vagando por los caminos de tierra como buscando algo, entre los ranchos y los campos dejados a su suerte. La escuelita yace abandonada en un predio de pasto muy alto, no queda ya ni un solo vidrio entero en los marcos de hierro oxidado, el patio de baldosa en el frente es un pedregal destrozado y lleno de bosta pisoteada por la vacas. El club donde jugaba a la pelota y se hacían todos los bailes, está tapiado con maderas podridas. En sus marquesinas todavía hay descoloridos pedazos de afiches anunciando artistas que ya han muerto. Y de la capilla nada queda, solo los unos pocos maderos, el resto lo arrancaron las tormentas de verano.
Así, lo encontró un día su final, entre los rieles oxidados de la querida estación, un primero de año. Su corazón debilitado no aguantó ni el agobio ni otra borrachera en la insondable soledad de aquellos campos.

Su muerte fue anónima, lenta y sin nadie que la llore, como la de su pueblo, como la de muchos otros, que terminaron aplastados bajo los cimientos de un progreso que nunca llegó, en promesas que no se cumplieron y en pretensiones de un primer mundo que todos nos quisimos comprar.
Historias paralelas
 Claudia mira la vidriera repleta de bombones, envueltos algunos en papeles relucientes. Otros, descansando sobre el aparador en bandejitas de papel o de plástico. En el estante superior, unos muy finos están ubicados dentro de unas cajitas doradas decoradas prolijamente con una cintita roja. A Claudia le gustan más los de fruta que los de chocolate, salvo que estén rellenos de licor.
Busca en sus bolsillos, pero no encuentra más que un boleto de la línea 36 algo descolorido, del día que fue a visitar a Juan. “¿Cómo estará él?” Revuelve su bolso y dentro de unos guantes de paño gastado encuentra cuatro pesos y algunas monedas.

“Quince pesos con sesenta de vuelto, querido” dice la cajera de la bombonería mientras con sus dedos rechonchos extiende el dinero al niño, “¿Son para tu mamá?”. Tobías niega con la cabeza: “No, señora, son para mí, mi mamá me dio la plata por mi cumpleaños”. “¡Ay! ¡tu cumpleaños! ¡Tomá, te regalo un alfajor! ¿Te gustan los de dulce de leche?”. Mabel sale del fondo del local secándose las manos con un repasador: “¿Tu cumpleaños? ¡qué grande que debés estar si ya cumpliste como tres veces en lo que va del año!” Tobías ve con rabia cómo los dedos rechonchos devuelven el alfajor al estante. Estruja el vuelto dentro del bolsillo. Da media vuelta y corre hacia la puerta, esquivando a una chica de mirada triste que entra revolviendo una cartera.

Un pie primero sobre el piso, tanteando la realidad tangible y material; otro después, anclándolo a lo cotidiano. Deben ser las cuatro, o las cinco de la tarde. Duda en pedir la hora; sabe que no suelen dársela a un mendigo que huele mal. Se despereza un poco, se rasca la panza y se para lentamente estirando las piernas. Recoge las hojas de diario que le habían servido de sábanas en aquella cama improvisada a un costado de la plaza. Quizás por sentirse demasiado erguido para la mugre que lleva encima, vuelve a encorvarse. Una chica pasa junto a él: “Piba, ¿no tenés hora?” alcanza a decir antes de que ella apure el paso, sujetando con fuerza el bolso sobre su pecho. Él responde quitándose su sombrero raído a modo de saludo, y esboza una reverencia burlona.
Tobías lo mira arrastrar su changuito con el paso lento del hombre que no tiene apuro y empezar a revolver un tacho de basura.

- ¿Qué va a llevar? - pregunta Mabel.
- ¿Tenés bombones de fruta? ¿Para cuánto me alcanza con esto? - le extiende dos billetes de dos pesos.
Mabel pone algunos bombones en una bolsita de nylon. Los verdes con forma de hoja de menta. Los amarillos, moldeados como un gajo de limón. A los rojos les han puesto el detalle de una hoja verde que se asoma de un extremo de la frutilla. Lleva la bolsita a la balanza. Saca uno.
- Para esto, más o menos.
Claudia mira con pena la bolsa algo vacía. ¡Qué buena mentira la del chico con lo del cumpleaños! Asiente con la cabeza y le da los cuatro pesos a la cajera. Guarda con recelo los bombones en la cartera y la cierra con fuerza. No agradece y sale. Le quedan unas pocas monedas... ¿Juan la invitará a cenar? Si no quizás María esté con tiempo. Vive cerca, del otro lado de la plaza. “Si me invita un café con leche le convido un bombón”. Sus pensamientos se mezclan con el ruido de sus tacos sobre las baldozas de la plaza. “Total, me va a decir que no quiere, porque siempre está haciendo dieta”.

Se asusta al pasar junto a un mendigo y aprieta la cartera contra el pecho. El tipo le pide la hora, pero ella está demasiado asustada para contestar. Tampoco lleva reloj. Cierra su abrigo y agacha la cabeza. Hay viento.
- Este chico siempre lo mismo... cuando no es su cumpleaños es el “barmitsbá” ese.
- Mabel, no seas mala. Es un nene.
- Sí Raquel, pero encima que los judíos están llenos de fiestas y tienen plata, ¡el pibe este se inventa unos cuentos! y la mamá también. Es la señora esa que nos devolvió la otra vez la torta de limón porque dijo que estaba fea.
- ¿Esa es la mamá? ¡Si tiene la edad de Matusalén!
- ¡Y cómo se le nota! Con lifting y todo. Se ve que lo tuvo de grande.
- O es el nieto, y ella miente nomás para disimular la edad. Mabel, andá a atender que hay gente.
- ¿Qué va a llevar? - pregunta Mabel a la chica que saca de su cartera dos billetes azules, arrugados.

Un quiosquero le vende unos chocolates a un chico, y le regala dos caramelos por su cumpleaños. “Dos caramelos, qué rata” piensa Tobías mientras se mete uno en la boca y cruza hacia la plaza.

Revuelve un tacho de basura clasificando su contenido. Tira una lata de Coca-cola al piso, la aplasta con el pie. La arroja dentro del carrito. Ya no se ven muchas latas, ahora casi todo viene en plástico. Un chico desde pocos metros lo mira, pero él no lo ve. La chica que pasa junto a él se asusta; esas realidades son paralelas, viven dándose la nuca.
- ¡Claudia! ¡qué sorpresa! ¿qué hacés por acá? - pregunta María cuando Claudia atraviesa la puerta.
- Pasaba por el barrio y pensé en venir a visitarte... cada vez nos vemos menos.
- Vení, pasemos a la cocina que la chica está limpiando el living.
Claudia pasa junto a una señora morocha vestida con remera y pantalones de gimnasia que trapea el piso. No se saludan.
- No sabía si ya habrías vuelto de trabajar...
- Sí, me dejó mi marido recién, con el coche, y se fue a ver un salón para nuestra fiesta de aniversario. ¿Podés creer? veinticinco años… ¿venís?
Claudia asiente con la cabeza e intenta una sonrisa que le sale acartonada. María sabe que su marido no soporta a Claudia, “esa amiguita tuya”. Sentándose junto a la mesita de aglomerado con enchapado de plástico color salmón, sin cambiar de tono, pregunta:
- ¿Querés un café?
- Dale. Traje unos bombones de fruta para que comamos.
- Ay, Claudia, te agradezco, pero estoy a dieta.
Claudia se sonríe.

Apaga las luces del local, una a una. Queda en una semi penumbra rota apenas por los faroles de la calle y la luz blanca que sale de la vitrina. Ve afuera cómo Tobías entrega un paquetito al mendigo de la plaza. Mabel se detiene. Va hacia el mostrador y envuelve en papel celofán un alfajor de dulce de leche. Cierra con llave la puerta del local, desde afuera. Cruza hacia la plaza. Se detiene otra vez. No sabe si agarró el alfajor para el chico o para el mendigo. Se lo guarda en el bolsillo y va hacia la parada del colectivo.


.celebración de la soledad.

de María


El cuerpo humano está formado aproximadamente por doscientas seis piezas óseas. Parece grotesco decir "aproximadamente" con algo que, a simple vista, se puede contar; pero para la anatomía (a la que le encanta encontrar puntos para discutir) entran en cuestión y discusión si contar o no los pequeños huesos sesamoideos de manos y pies, los suturales de la cabeza y cómo contar las últimas vertebras de la columna. Para ahorrar discusiones, se habla de aproximado.

Casi todos los huesos del cuerpo están articulados entre sí, se relacionan, se conectan entre dos o más con la colaboración de músculos y ligamentos. Constantemente flexionamos piernas y brazos, arqueamos la columna, giramos la cabeza, masticamos… todo gracias a la interacción de partes con un fin común y mayor.

Un húmero, el hueso largo que tenemos en el brazo, no es mucho por sí solo, no es más que un hueso; pero cuando se articula, tanto en el hombro como en el codo, nos da la posibilidad de movernos en distintos ejes. El húmero solo no puede. No es capaz. No se mueve. Esta misma explicación se puede dar en los miembros inferiores y en el pecho incluso; huesos que necesitan de otros huesos para funcionar.

Sociedades que se arman gracias a la interacción de dos o más seres humanos, gente que necesita de otra gente para funcionar. Hablar, conectarse, reconocerse, mirarse, tocarse, todo con un fin común.


Empecé diciendo "casi todos". Como cada buena regla esta tiene una excepción. Una sola. Hay un hueso en el cuerpo que no se articula con ningún otro, que está solo, hundido en un mar de musculatura y tejidos: el hueso hioides. Una pieza ósea pequeña ubicada en el cuello, debajo de la lengua y antes de que empiece la laringe.

Algunas personas trabajan solas, prefieren el silencio de un lugar vacío, evitan codearse con otros, no quieren contacto ni intelectual ni físico ni emocional mientras realizan una tarea. Por la simple y sencilla razón de que así trabajan, ese es su modus operandi.


El hueso hioides no es menos hueso que los otros por no articularse, por no conectarse, se cuenta entre los doscientos y pico de huesos, tiene estructura histológica como todos los demás. No tiene ninguna variedad anatómica. Es normal. Es natural.

También somos naturales aquellos que preferimos andar de a uno por la vida en ciertas cuestiones, en muchos momentos, durante determinadas actividades. Porque la compañía está sobre valuada y nadie admite que en verdad nada le sienta tan bien al alma como un poco de soledad.

Destino impreso

de Pablo Ianni


Mi tío Jorge estaba muerto.
No lo supe hasta la mañana en que recibí aquél lacónico telegrama de mis primos en el que me informaban que el viejo me había dejado su casa del campo.
Durante mis clases de la mañana estuve completamente distraído. Mis alumnos muy en vano intentaban entenderme mientras confundía las fórmulas químicas y las valencias de los elementos. La tabla periódica se me hacía esquiva, como algo ajeno e intrascendente: no podía dejar de pensar en la casa. Esa misma tarde fui a buscar las llaves por la escribanía y partí luego de algunos pésames obligados.
Hacía años que no cruzaba el caminito de losas del jardín. El enorme ombú a un costado. El enano de yeso junto a la puerta. El llamador de bronce.
El interior olía a un encierro encubierto por el aroma del incienso. Los pisos de madera de los corredores, hinchados por el tiempo y la humedad, rechinaban bajo el peso de mis suelas. Los lúgubres cuadros de las paredes me observaban desde sus marcos de oro ennegrecido.
En el estudio prendí un velador ubicado junto al sillón de felpa roja, iluminando pálidamente los grandes anaqueles con libros del piso al techo. Hojeé algunos, de aquí y de allá, hasta que llamó mi atención una estantería casi vacía, con excepción de un único volumen tumbado en el estante inferior: una vieja edición de cuentos de Goethe. Me arrodillé a recogerla y noté que la alfombra estaba gastada como si el mueble hubiese sido movido con frecuencia. Tiré con fuerza de uno de sus bordes. Un viento helado me hizo temblar: detrás de la estantería, una brecha en la pared conducía a una escalera que se perdía en la negrura.
Bajé a tientas y esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Presioné un pequeño interruptor de luz que colgaba de un cable y quedé pasmado: enormes pasillos formados por estanterías se extendían hasta donde alcanzaba la vista: Shakespeare, Cervantes, Chejov, Kafka, Poe...
Caminé no recuerdo ya cuánto tiempo. El corazón se me aceleraba a cada paso, a cada nueva estantería, con cada nuevo volumen.
Me fijé de pronto en una novela cuyo autor desconocía por completo. La edición parecía nueva, con el papel aún a salvo del inevitable color amarillo que presentaban las anteriores. A su alrededor, algunos best-sellers recientes. Sorprendido de que el viejo pudiera estar interesado en esas cosas, solté una risa algo nerviosa. Caminé un poco más siguiendo el mismo pasillo: los libros y sus autores empezaban a serme desconocidos por completo. Tomé uno de ellos al azar y al abrirlo noté que la fecha de edición era dentro de diez años. Tomé otro, y luego varios más. Todos del mismo año. En la estantería siguiente, eran ediciones que saldrían dentro de once años, y en la siguiente, de doce.
Caminé presuroso hacia el siguiente pasillo. Estaba repleto de libros de ciencia. Pude divisar el nombre de algunos colegas entre muchos desconocidos. Me senté en el suelo mirándolos con los ojos muy abiertos. Saqué maquinalmente un cigarrillo del atado y lo puse en mi boca. Las manos me temblaban. Prendí un fósforo; la pequeña llama avanzó despacio, secándolo y carbonizándolo, hasta que me quemó los dedos. El fósforo cayó, ahogándose en el piso frío.
Al ver de pronto un libro de química avanzada quedé petrificado: mi nombre estaba en el lomo, mi foto en la contratapa. No sé cuánto tiempo estuve viéndolo, de un lado y del otro, leyendo palabras salteadas y fórmulas, y nuevamente el lomo, la tapa, la contratapa. Cuando alcé la vista, allí estaban, uno al lado del otro, varios libros más, con títulos diversos, sobre una nueva teoría de difusión de gases que estaba empezando a esbozar por aquellos días.
Sentí la locura del encierro; de saber que allí se encontraba no sólo todo lo ya escrito, sino también lo que sería escrito alguna vez. La eliminación del proceso de búsqueda, del método, de la fórmula. Rompí las hojas. Las arranqué. Les clavé las uñas y los dientes bajo la locura exasperante de entender que cualquier juego lúdico de creatividad o investigación, tendría allí, impreso en letras inamovibles, su resultado preciso.

Atravesé corriendo la puerta de entrada. Detrás de mí quedaban el llamador de bronce, el enano de jardín, el ombú y unas enormes llamaradas saliendo del fondo de la casa, quemando despacio sus cimientos, secándolos y carbonizándolos, con todo lo que había dentro.

Luciérnagas para la sed


de Pablo Ianni

No sería ésta la noche que elegiría para llamarte. Te adiviné sola, rodeada de gente, en alguna terminal de Londres o de Madrid. No sería ésta la noche que elegiría para llamarte si no me hubiese encontrado en el noticiero un informe sobre el paro en los aeropuertos. Debí llamarte antes, lo sé, pero tampoco pensaría en hacerlo esta noche de no ser por el noticiero y el informe. Y ahora, sentado junto a la mesita del teléfono, con la tarjeta que me diste en aquel tour por Santiago, con la anotación mecanografiada “Si se pierde llame a este número” y tu nombre impreso en el reverso, ahora, años después, aunque esté en mi casa, sigo perdido y pienso en llamarte. Pero mejor será que no lo haga, mejor será que suba a la terraza y siga viendo el cielo chispeante de luces mezclándose entre las estrellas, y piense que en alguno de esos aviones estás vos.


Calle Corrientes


de Corina Couso Saravia

Pentagrama de una ciudad bulliciosa, coronó tu historia de tango un obelisco en el centro. ¿Habrá sido para  que el repiqueteo de la música bailada por el compadrito trepara por sus mármoles imitando el canto del gallo?   
De calle angosta al principio, cambió su empedrado y tamaño por el asfalto. Sus veredas se llenaron de refugios para disfrutar el arte.
Gardel y Rasano vibraron su melancolía junto a su Buenos Aires querido.  Los negros de la otra orilla parpadeaban el candombe en los parches y el organillero con su cotorra regalaba suerte y destino en los papeles que ésta picaba.  Un collage de la historia  vivida con pasión que aun se respira y más aun se añora.
El cine y el teatro tomaron los espacios.  Si queda un lagrimón perdido será en la presencia de  algún lustrabotas que, sentado en la vereda entre los  cafés con su eterno “se lustra señor”,  ha quedado unido al pasado de zapatos de cuero y polainas que los taitas usaban como símbolo de elegancia.  El Tango aun lo exige, talonera reforzada para giros y paradas  abruptas del bailarín que clavaba a su compañera en el 2 x 4 para exigir aplausos o ser rodeados por otros en un círculo mágico del compás.
Corrientes no morirá en su estirpe ni en todos los que alguna vez fueron adictos a Chantecler, Tibidabo, cuando Disarli, Troilo, D`Arienzo  desgranaban el pentagrama despertando la euforia del galán con la percanta de tal forma que a veces  se la jugaban a cuchillo o un puñal de sueño
Las luces también cambiaron : del beige al sepia, el verde neón cambió por la amarga melancolía de un pasado con presente entre los que tenemos el privilegio de vivir en salud para recordarlo.