de Jorge Ruibal
El silbidito del tren despertaba a Chingolo todas las
mañanas, señal de que el expreso a Las Pipinas había llegado al pueblo.
Viviendo al lado de la estación, en su rancho, ese sonido era el preludio del
poderoso temblor que generaba la formación al pasar. Decenas de personas se
bajaban, otras se subían entre abrazos, apretones de manos, despedidas o
bienvenidas. La mercadería se movía de los coches de carga con los capataces
arengando al sol de la mañana, y los señores de las estancias observaban todo
detrás de los cristalinos vidrios de sus vagones privados. La vida del pueblo
rondaba alrededor del tren y la gente de Buenos Aires. La inmensidad de alrededor
de la rotondita central, estaba dividida
en grandes estancias ganaderas, surcadas por una buena cantidad de senderos de
tierra. La peonada se había armado los ranchos al costado de los caminos, lo más cerca posible de los andenes. Ahí en esa cuadra estaba todo: la escuela, el club,
la capilla y los almacenes.
Chingolo se ganaba la vida como jornalero al igual que sus
siete hermanos y su padre. Apenas termino la escuela, trabajaba todo el día y a la noche siempre pasaba a tomar una ginebra
y jugar una baraja con los que se juntaban en el boliche de la esquina. Comían
siempre en el alero del rancho, su madre cocinaba para todos; puchero,
mondongo, empanadas y algunas veces, asado. Le gustaban los bailes, el vino,
las chicas que venían de los otros pueblos (casi siempre se pudo arrimar a
alguna que otra). La Chacarera la bailaba muy bien. El, todos los años, esperaba
lo mismo: Carnaval, El día de la Patria, primavera y la fiesta de la doma. El
pueblo se llenaba de gente, venían los artistas a cantar, todo era festejo,
Pero una mañana se despertó sobresaltado. Era tarde, había
amanecido, no había silbidito, ni temblor. El tren no venia más.
La noticia sumió al pueblo en un silencio de cabezas bajas,
surgieron profundos temores y días después, cuando estos se trasformaron en
broncas, dijeron de ir reclamar a la cabeza del partido. La respuesta fue muy
clara, la orden había venido desde arriba, de la Junta. No había nada que hacer
y era mejor no molestar más, la mano estaba pesada. Los que no se quedaron
conformes pudieron comprobar ese peso en carne propia, cuando la mano vino
acompañada de un palo o de la culata de un rifle. Algunos se tuvieron que ir de
apuro. Después vino lo peor, la cementera de Pipinas cerraba. Todo se iba a
mover en camiones por la ruta, lejos del pueblo.
Los días empezaron a tornarse parecidos, silentes,
aplanados. Solo algunos autos que pasaban de lejos eran la novedad, entre el
polvo del camino donde el pasto ya comenzaba a ganar terreno sin que nadie se
ocupara de detenerlo. No había trabajo y se empezó a comer salteado y a tomar
de más.
Los primeros en irse fueron los que tenían los puestos y
hacían la comida para los que venían a la estación. De los almacenes solo quedo
uno y tiempo después ninguno. Se fue el carnicero y el que traía la verdura.
Los campos se vendieron barato, los dueños nuevos venían de vez en cuando, pero
la tierra no se trabajaba. Las caras que veía Chingolo eran cada vez menos
variadas.
La madre andaba mal de salud y el padre tomaba mucho, estaba
malo, con el diablo adentro. Los hermanos más grandes agarraron trabajo de
caseros en una de las tantas estancias vacías de afuera del pueblo. Ahí, a
veces, para no pasar hambre, cazaban vizcacha y perdiz con la única escopeta
que tenían, con la misma que en una mañana de invierno su padre se arrancó la
garganta de un tiro limpio, una semana después de la muerte de su madre. Los
dos velorios se realizaron en la capilla y adquirieron la triste fama de ser los
últimos que se hicieron ahí.
El cura se fue y no volvió.
Familias enteras se mudaron a Buenos Aires. Otras, tierra
adentro, donde fuera que se ofreciesen puestos.
Nunca mas hubo fiestas, se fueron reemplazando por discretas
reuniones nocturnas a la luz del farol de querosén, donde había muchos más
litros de vino en damajuana que comensales en la mesa. La luz empezó a cortarse
con frecuencia, hasta que todos se acostumbraron a vivir sin ella.
Con el paso del tiempo sus hermanos lo fueron dejando para
irse también, algunos a otro lado y algunos al otro mundo, siguiendo el ejemplo
de su padre.
El tiempo pasó, nada cambió y casi veinte años después del
último silbidito, Chingolo se encuentra en la soledad de su rancho, ahora venido abajo, con las paredes rajadas todavía
aguantando unos viejos retazos de pintura celeste. Perdió su pelo, sus dientes
y varios kilos. Pasa sus tardes vagando por los caminos de tierra como buscando
algo, entre los ranchos y los campos dejados a su suerte. La escuelita yace
abandonada en un predio de pasto muy alto, no queda ya ni un solo vidrio entero
en los marcos de hierro oxidado, el patio de baldosa en el frente es un
pedregal destrozado y lleno de bosta pisoteada por la vacas. El club donde
jugaba a la pelota y se hacían todos los bailes, está tapiado con maderas
podridas. En sus marquesinas todavía hay descoloridos pedazos de afiches
anunciando artistas que ya han muerto. Y de la capilla nada queda, solo los
unos pocos maderos, el resto lo arrancaron las tormentas de verano.
Así, lo encontró un día su final, entre los rieles oxidados
de la querida estación, un primero de año. Su corazón debilitado no aguantó ni
el agobio ni otra borrachera en la insondable soledad de aquellos campos.
Su muerte fue anónima, lenta y sin nadie que la llore, como
la de su pueblo, como la de muchos otros, que terminaron aplastados bajo los
cimientos de un progreso que nunca llegó, en promesas que no se cumplieron y en
pretensiones de un primer mundo que todos nos quisimos comprar.
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