de Pablo Ianni
Mi tío Jorge
estaba muerto.
No lo supe hasta
la mañana en que recibí aquél lacónico telegrama de mis primos en el que me
informaban que el viejo me había dejado su casa del campo.
Durante mis
clases de la mañana estuve completamente distraído. Mis alumnos muy en vano
intentaban entenderme mientras confundía las fórmulas químicas y las valencias
de los elementos. La tabla periódica se me hacía esquiva, como algo ajeno e
intrascendente: no podía dejar de pensar en la casa. Esa misma tarde fui a
buscar las llaves por la escribanía y partí luego de algunos pésames obligados.
Hacía años que
no cruzaba el caminito de losas del jardín. El enorme ombú a un costado. El enano
de yeso junto a la puerta. El llamador de bronce.
El interior olía
a un encierro encubierto por el aroma del incienso. Los pisos de madera de los
corredores, hinchados por el tiempo y la humedad, rechinaban bajo el peso de
mis suelas. Los lúgubres cuadros de las paredes me observaban desde sus marcos
de oro ennegrecido.
En el estudio
prendí un velador ubicado junto al sillón de felpa roja, iluminando pálidamente
los grandes anaqueles con libros del piso al techo. Hojeé algunos, de aquí y de
allá, hasta que llamó mi atención una estantería casi vacía, con excepción de
un único volumen tumbado en el estante inferior: una vieja edición de cuentos
de Goethe. Me arrodillé a recogerla y noté que la alfombra estaba gastada como
si el mueble hubiese sido movido con frecuencia. Tiré con fuerza de uno de sus
bordes. Un viento helado me hizo temblar: detrás de la estantería, una brecha
en la pared conducía a una escalera que se perdía en la negrura.
Bajé a tientas y
esperé a que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad. Presioné un pequeño
interruptor de luz que colgaba de un cable y quedé pasmado: enormes pasillos
formados por estanterías se extendían hasta donde alcanzaba la vista:
Shakespeare, Cervantes, Chejov, Kafka, Poe...
Caminé no
recuerdo ya cuánto tiempo. El corazón se me aceleraba a cada paso, a cada nueva
estantería, con cada nuevo volumen.
Me fijé de
pronto en una novela cuyo autor desconocía por completo. La edición parecía
nueva, con el papel aún a salvo del inevitable color amarillo que presentaban
las anteriores. A su alrededor, algunos best-sellers recientes. Sorprendido de
que el viejo pudiera estar interesado en esas cosas, solté una risa algo
nerviosa. Caminé un poco más siguiendo el mismo pasillo: los libros y sus
autores empezaban a serme desconocidos por completo. Tomé uno de ellos al azar
y al abrirlo noté que la fecha de edición era dentro de diez años. Tomé otro, y
luego varios más. Todos del mismo año. En la estantería siguiente, eran
ediciones que saldrían dentro de once años, y en la siguiente, de doce.
Caminé presuroso
hacia el siguiente pasillo. Estaba repleto de libros de ciencia. Pude divisar
el nombre de algunos colegas entre muchos desconocidos. Me senté en el suelo
mirándolos con los ojos muy abiertos. Saqué maquinalmente un cigarrillo del
atado y lo puse en mi boca. Las manos me temblaban. Prendí un fósforo; la
pequeña llama avanzó despacio, secándolo y carbonizándolo, hasta que me quemó
los dedos. El fósforo cayó, ahogándose en el piso frío.
Al ver de pronto
un libro de química avanzada quedé petrificado: mi nombre estaba en el lomo, mi
foto en la contratapa. No sé cuánto tiempo estuve viéndolo, de un lado y del
otro, leyendo palabras salteadas y fórmulas, y nuevamente el lomo, la tapa, la
contratapa. Cuando alcé la vista, allí estaban, uno al lado del otro, varios
libros más, con títulos diversos, sobre una nueva teoría de difusión de
gases que estaba empezando a esbozar por aquellos días.
Sentí la locura
del encierro; de saber que allí se encontraba no sólo todo lo ya escrito, sino
también lo que sería escrito alguna vez. La eliminación del proceso de
búsqueda, del método, de la fórmula. Rompí las hojas. Las arranqué. Les clavé
las uñas y los dientes bajo la locura exasperante de entender que cualquier
juego lúdico de creatividad o investigación, tendría allí, impreso en letras
inamovibles, su resultado preciso.
Atravesé
corriendo la puerta de entrada. Detrás de mí quedaban el llamador de bronce, el
enano de jardín, el ombú y unas enormes llamaradas saliendo del fondo de la
casa, quemando despacio sus cimientos, secándolos y carbonizándolos, con todo
lo que había dentro.
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