de Corina Couso Saravia
Pentagrama de una ciudad bulliciosa, coronó tu historia de tango un obelisco en el centro. ¿Habrá sido para que el repiqueteo de la música bailada por el compadrito trepara por sus mármoles imitando el canto del gallo?
De calle angosta al principio, cambió su empedrado y tamaño por el asfalto. Sus veredas se llenaron de refugios para disfrutar el arte.
Gardel y Rasano vibraron su melancolía junto a su Buenos Aires querido. Los negros de la otra orilla parpadeaban el candombe en los parches y el organillero con su cotorra regalaba suerte y destino en los papeles que ésta picaba. Un collage de la historia vivida con pasión que aun se respira y más aun se añora.
El cine y el teatro tomaron los espacios. Si queda un lagrimón perdido será en la presencia de algún lustrabotas que, sentado en la vereda entre los cafés con su eterno “se lustra señor”, ha quedado unido al pasado de zapatos de cuero y polainas que los taitas usaban como símbolo de elegancia. El Tango aun lo exige, talonera reforzada para giros y paradas abruptas del bailarín que clavaba a su compañera en el 2 x 4 para exigir aplausos o ser rodeados por otros en un círculo mágico del compás.
Corrientes no morirá en su estirpe ni en todos los que alguna vez fueron adictos a Chantecler, Tibidabo, cuando Disarli, Troilo, D`Arienzo desgranaban el pentagrama despertando la euforia del galán con la percanta de tal forma que a veces se la jugaban a cuchillo o un puñal de sueño
Las luces también cambiaron : del beige al sepia, el verde neón cambió por la amarga melancolía de un pasado con presente entre los que tenemos el privilegio de vivir en salud para recordarlo.
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