Casi todos los huesos del cuerpo están articulados entre sí, se relacionan, se conectan entre dos o más con la colaboración de músculos y ligamentos. Constantemente flexionamos piernas y brazos, arqueamos la columna, giramos la cabeza, masticamos… todo gracias a la interacción de partes con un fin común y mayor.
Un húmero, el hueso largo que tenemos en el brazo, no es mucho por sí solo, no es más que un hueso; pero cuando se articula, tanto en el hombro como en el codo, nos da la posibilidad de movernos en distintos ejes. El húmero solo no puede. No es capaz. No se mueve. Esta misma explicación se puede dar en los miembros inferiores y en el pecho incluso; huesos que necesitan de otros huesos para funcionar.
Sociedades que se arman gracias a la interacción de dos o más seres humanos, gente que necesita de otra gente para funcionar. Hablar, conectarse, reconocerse, mirarse, tocarse, todo con un fin común.
Empecé diciendo "casi todos". Como cada buena regla esta tiene una excepción. Una sola. Hay un hueso en el cuerpo que no se articula con ningún otro, que está solo, hundido en un mar de musculatura y tejidos: el hueso hioides. Una pieza ósea pequeña ubicada en el cuello, debajo de la lengua y antes de que empiece la laringe.
Algunas personas trabajan solas, prefieren el silencio de un lugar vacío, evitan codearse con otros, no quieren contacto ni intelectual ni físico ni emocional mientras realizan una tarea. Por la simple y sencilla razón de que así trabajan, ese es su modus operandi.
El hueso hioides no es menos hueso que los otros por no articularse, por no conectarse, se cuenta entre los doscientos y pico de huesos, tiene estructura histológica como todos los demás. No tiene ninguna variedad anatómica. Es normal. Es natural.
También somos naturales aquellos que preferimos andar de a uno por la vida en ciertas cuestiones, en muchos momentos, durante determinadas actividades. Porque la compañía está sobre valuada y nadie admite que en verdad nada le sienta tan bien al alma como un poco de soledad.
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