14.10.13

Historias paralelas
 Claudia mira la vidriera repleta de bombones, envueltos algunos en papeles relucientes. Otros, descansando sobre el aparador en bandejitas de papel o de plástico. En el estante superior, unos muy finos están ubicados dentro de unas cajitas doradas decoradas prolijamente con una cintita roja. A Claudia le gustan más los de fruta que los de chocolate, salvo que estén rellenos de licor.
Busca en sus bolsillos, pero no encuentra más que un boleto de la línea 36 algo descolorido, del día que fue a visitar a Juan. “¿Cómo estará él?” Revuelve su bolso y dentro de unos guantes de paño gastado encuentra cuatro pesos y algunas monedas.

“Quince pesos con sesenta de vuelto, querido” dice la cajera de la bombonería mientras con sus dedos rechonchos extiende el dinero al niño, “¿Son para tu mamá?”. Tobías niega con la cabeza: “No, señora, son para mí, mi mamá me dio la plata por mi cumpleaños”. “¡Ay! ¡tu cumpleaños! ¡Tomá, te regalo un alfajor! ¿Te gustan los de dulce de leche?”. Mabel sale del fondo del local secándose las manos con un repasador: “¿Tu cumpleaños? ¡qué grande que debés estar si ya cumpliste como tres veces en lo que va del año!” Tobías ve con rabia cómo los dedos rechonchos devuelven el alfajor al estante. Estruja el vuelto dentro del bolsillo. Da media vuelta y corre hacia la puerta, esquivando a una chica de mirada triste que entra revolviendo una cartera.

Un pie primero sobre el piso, tanteando la realidad tangible y material; otro después, anclándolo a lo cotidiano. Deben ser las cuatro, o las cinco de la tarde. Duda en pedir la hora; sabe que no suelen dársela a un mendigo que huele mal. Se despereza un poco, se rasca la panza y se para lentamente estirando las piernas. Recoge las hojas de diario que le habían servido de sábanas en aquella cama improvisada a un costado de la plaza. Quizás por sentirse demasiado erguido para la mugre que lleva encima, vuelve a encorvarse. Una chica pasa junto a él: “Piba, ¿no tenés hora?” alcanza a decir antes de que ella apure el paso, sujetando con fuerza el bolso sobre su pecho. Él responde quitándose su sombrero raído a modo de saludo, y esboza una reverencia burlona.
Tobías lo mira arrastrar su changuito con el paso lento del hombre que no tiene apuro y empezar a revolver un tacho de basura.

- ¿Qué va a llevar? - pregunta Mabel.
- ¿Tenés bombones de fruta? ¿Para cuánto me alcanza con esto? - le extiende dos billetes de dos pesos.
Mabel pone algunos bombones en una bolsita de nylon. Los verdes con forma de hoja de menta. Los amarillos, moldeados como un gajo de limón. A los rojos les han puesto el detalle de una hoja verde que se asoma de un extremo de la frutilla. Lleva la bolsita a la balanza. Saca uno.
- Para esto, más o menos.
Claudia mira con pena la bolsa algo vacía. ¡Qué buena mentira la del chico con lo del cumpleaños! Asiente con la cabeza y le da los cuatro pesos a la cajera. Guarda con recelo los bombones en la cartera y la cierra con fuerza. No agradece y sale. Le quedan unas pocas monedas... ¿Juan la invitará a cenar? Si no quizás María esté con tiempo. Vive cerca, del otro lado de la plaza. “Si me invita un café con leche le convido un bombón”. Sus pensamientos se mezclan con el ruido de sus tacos sobre las baldozas de la plaza. “Total, me va a decir que no quiere, porque siempre está haciendo dieta”.

Se asusta al pasar junto a un mendigo y aprieta la cartera contra el pecho. El tipo le pide la hora, pero ella está demasiado asustada para contestar. Tampoco lleva reloj. Cierra su abrigo y agacha la cabeza. Hay viento.
- Este chico siempre lo mismo... cuando no es su cumpleaños es el “barmitsbá” ese.
- Mabel, no seas mala. Es un nene.
- Sí Raquel, pero encima que los judíos están llenos de fiestas y tienen plata, ¡el pibe este se inventa unos cuentos! y la mamá también. Es la señora esa que nos devolvió la otra vez la torta de limón porque dijo que estaba fea.
- ¿Esa es la mamá? ¡Si tiene la edad de Matusalén!
- ¡Y cómo se le nota! Con lifting y todo. Se ve que lo tuvo de grande.
- O es el nieto, y ella miente nomás para disimular la edad. Mabel, andá a atender que hay gente.
- ¿Qué va a llevar? - pregunta Mabel a la chica que saca de su cartera dos billetes azules, arrugados.

Un quiosquero le vende unos chocolates a un chico, y le regala dos caramelos por su cumpleaños. “Dos caramelos, qué rata” piensa Tobías mientras se mete uno en la boca y cruza hacia la plaza.

Revuelve un tacho de basura clasificando su contenido. Tira una lata de Coca-cola al piso, la aplasta con el pie. La arroja dentro del carrito. Ya no se ven muchas latas, ahora casi todo viene en plástico. Un chico desde pocos metros lo mira, pero él no lo ve. La chica que pasa junto a él se asusta; esas realidades son paralelas, viven dándose la nuca.
- ¡Claudia! ¡qué sorpresa! ¿qué hacés por acá? - pregunta María cuando Claudia atraviesa la puerta.
- Pasaba por el barrio y pensé en venir a visitarte... cada vez nos vemos menos.
- Vení, pasemos a la cocina que la chica está limpiando el living.
Claudia pasa junto a una señora morocha vestida con remera y pantalones de gimnasia que trapea el piso. No se saludan.
- No sabía si ya habrías vuelto de trabajar...
- Sí, me dejó mi marido recién, con el coche, y se fue a ver un salón para nuestra fiesta de aniversario. ¿Podés creer? veinticinco años… ¿venís?
Claudia asiente con la cabeza e intenta una sonrisa que le sale acartonada. María sabe que su marido no soporta a Claudia, “esa amiguita tuya”. Sentándose junto a la mesita de aglomerado con enchapado de plástico color salmón, sin cambiar de tono, pregunta:
- ¿Querés un café?
- Dale. Traje unos bombones de fruta para que comamos.
- Ay, Claudia, te agradezco, pero estoy a dieta.
Claudia se sonríe.

Apaga las luces del local, una a una. Queda en una semi penumbra rota apenas por los faroles de la calle y la luz blanca que sale de la vitrina. Ve afuera cómo Tobías entrega un paquetito al mendigo de la plaza. Mabel se detiene. Va hacia el mostrador y envuelve en papel celofán un alfajor de dulce de leche. Cierra con llave la puerta del local, desde afuera. Cruza hacia la plaza. Se detiene otra vez. No sabe si agarró el alfajor para el chico o para el mendigo. Se lo guarda en el bolsillo y va hacia la parada del colectivo.


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