de Marianela Pernas
En una bella copa de cristal, con un fino
acabado en la base y terminación dorada en el borde, vi correr ese líquido
rojizo que inundó mi nariz de un olor amaderado, haciéndome salivar por la
tentación de tenerlo en mi boca y sentir su aterciopelado gusto a la uva rosa
cosechada durante el inicio de la primavera. Al finalizar el sonido de
la cascada que se desprendía de la fría y transpirada botella, tomamos por el
tallo las copas, y luego de una palabra de su masculina voz -¡salud!, chocamos
con delicadeza, -un plateado chasquido- y el intenso sabor llegó a mi paladar,
regocijándome, matando mi ansiedad y quemando mi garganta con su frescura.
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