de Camila Merlo
Me
fascina el olor a nosotros. Altamente inflamable, profundamente enfermizo. Tal
vez un poco sucio. Llevo puesta esta remera hace dos días y todavía tu piel no
se quitó de ella. Lástima que mi vida sea tan vacía y necesite llenarla con tu
ímpetu intelectual. Lástima que sienta tu energía a la distancia y mi piel se
erice hasta en la cena.
Esa noche comí sola, como siempre. Sola y apurada, porque iba a verte.
Herví el agua, eché los fideos, preparé los platos: uno hondo y uno playo, para
no perder la costumbre. Los fideos siempre lo sacan a uno del apuro, y
alimentan mi sangre tana. Un vaso de agua estaría bien, si de hecho pretendía
devorar mis spaghetti para verte cuanto antes. Mi olfato te pedía: me había
cambiado la remera. Colé los fideos, dispuesta a servirlos, cuando sonó el
teléfono. Corrí, y mi corazón se aceleró, pensando que quizá fueras vos.
No
podías verme. Estabas lleno de trabajo. Como siempre.
Mi
ilusión se desvaneció en el sillón con un hondo suspiro disconforme. Mis ojos
acuaron pensamientos hirientes. Se me corrió el delineador. Encima de mis
párpados tenía un baño negro de pintura mojada.
Mi
desazón fue sorprendida por un canto atolondrado de mi estómago. Me sequé el
contorno de mis ojos. Luego, rescaté del balde la remera con tu perfume. Me
cambié. Estabas presente.
Decidí
que la cena iba a tener ese toque de elegancia digno de nosotros. Mi remera
blanca tenía el escote que, según vos, hacía que mis pechos se vieran alegres.
Serví una copa del vino que tanto te gustaba. A los fideos les puse salsa, pero
mi ansiedad no me dio tiempo a revolverlos.
Cuchara
y tenedor en mano, me senté a la mesa, dispuesta a pasar con vos una velada
excepcional. Disculpame, pero cuando me siento a cenar sola, pero acompañada,
me sube una energía especial. Como ansiedad, como excitación. No lo puedo
controlar, no me mires así. Probé un bocado. Fue ese mullido almohadón que
necesitaba. Descansé sobre los fideos, mis dientes y mi lengua los gozaron. Perdoná,
de nuevo, soy medio desprolija para comer. Que no te espante el fideo pegado en
mi pecho. Es solo una mezcla de aceite, manteca y salsa lo que queda. Después lo limpio.
Los
cubiertos están demasiado fríos esta noche, no quiero que enfríen a los fideos,
ni a mis manos ásperas. El vino es un buen antídoto. ¡Chin chin!
Me
lo llevo a los labios y veo cómo ese mar violáceo me invade y me alumbra. Quedan
en el borde de la copa restos pegajosos de mi boca. Perdón. Sé que eso te
horroriza.
No
entiendo por qué como tan rápido. No sé por qué mi cabeza funciona al extremo,
mientras mi calor corporal aumenta. Me molesta el cabello en la cara. Cierro
los ojos. Te imagino animal, enfurecido. Te pienso ardiente y violento. Se me
eriza el vello de los brazos y mis pezones. Dibujo una mueca satisfecha. El
ruido del camión de basura me arranca del ensimismamiento. Abro los ojos y no
te veo.
Tenías
mucho trabajo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario