3.12.11

Cuatro imágenes

Carlos Tuero

Inesperados sucesos vinculados a antiguas fotos familiares, transformaron los encuentros dominicales de la familia.
Todo comenzó como en los cuentos.
Hubo una vez un tiempo en Colonia Banegas donde las lluvias de setiembre se instalaron sin ánimo de marcharse. Ni antes ni después. Como un encantamiento, obligándonos a vivir puertas adentro.
El domingo 15, tras la celebración del santo del pueblo, buscábamos en casa resistir el letargo de la tarde invadido de cafés y voces sofocadas. Mientras los muy chicos abusaban de las corridas por los salones -normalmente vedados a infantiles desbordes- , los mayores - enmohecidos por el clima y con el peso de sus años - preferían descansar en las habitaciones.
Nosotros no.
Con Laura y los hijos de Azucena secreteábamos en el living cómo sobrellevar esa pereza dominical, cuando recordando ciertas habladurías que les adjudicaban “algo raro”, se nos ocurrió revisar unas imágenes celosamente guardadas por mamá en su neceser de plata.
En especial los rumores se referían a insólitos sucesos que rodearan a una de las fotos; ésa  fechada en 1910 donde posaba una pareja en el día de su boda y en la que el novio - nuestro anciano patriarca – saludara inclinándose ante sus observadores para retornar luego  a su severa pose militar.
Esos testigos -mis tíos y mi madre- casi al borde del desmayo-  se juramentaron entonces a guardar un piadoso silencio sobre ese acto de cortesía.
Pero igual algunos comentarios resistieron.
Pasados varios años, ahora buscaremos repetir la conjura, dándole al Tata -así le decíamos- otra chance. Obtenidas las piezas, a puertas cerradas y sin foráneos a la vista nos propusimos esperar. Ningún signo alteraba la observación de la pareja en la foto.
Cuando de repente mi bisabuelo no sólo repitió el saludo que antes horrorizara, sino que ahora, además, huyera del cuadro como una exhalación.
Superando la sorpresa y en éxtasis, pusimos temerosos las tres restantes sobre la mesa de caoba.
En dos de ellas, destacaban hermosas vistas de una engalanada casa de campo en la que presumíamos se criaran nuestros mayores y que darían por cierto esa opulencia de la que ellos siempre se ufanaran.  Pasado un tiempo, nada ocurrió en ese paisaje rural.   
Tampoco en la restante, que mostraba un tierno y regordete infante - llamado Matías Gabriel según allí estaba escrito – donde su imagen angelical contrastaba con el aterciopelado almohadón sobre el que reposaba.
Consumidos por la espera, el tiempo transcurría y ningún suceso alteraba las vistas.
Perdida mi mirada en una ventana lateral, un grito ahogado de Laura me sacudió. Sorpresivamente en la foto del bebote, éste - como respondiendo a un llamado - giró su cuerpecito, detuvo unos segundos su atención en nosotros y misteriosamente se deslizó fuera de la imagen, perdiéndose en el vacío inferior más profundo.
Impresionados y sin poder dar crédito ante esa sombría ocurrencia del destino, decidimos abandonar la tarea y sigilosamente retornar las cuatro imágenes a su sitio.
Ahora éramos más los cómplices en silenciar secretas historias familiares.  
Desde ese día y en el mismo neceser, quedaron a buen resguardo no sólo las convencionales fotos de la casona, sino la de Cata – nuestra bisabuela abandonada – y en especial, la imagen congelada en primer plano de un aterciopelado almohadón, rasgado torpemente en su borde como por alguien que esgrime un último intento por no desaparecer.  
Así entendimos por qué nuestra madre nunca nos dio mayores detalles del porqué del rostro acongojado de nuestra lejana parienta y sobre todo de ese tío suyo, fallecido a muy temprana edad del que nunca nadie habló.
Retornando al salón familiar, juramos que esos secretos no trascenderían jamás de nosotros. Hasta que tal vez, algún día, otra lluvia de algún setiembre por venir, motive a otros a desentrañarlos      
      
  









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