3.12.11

Agua adentro

Gustavo Dieta

La tarde me había llevado al diario La Prensa. Para este relato hubiera querido, como otras narraciones de escritores renombrados, que los motivos de mi visita fueran para cerrar alguna nota importante o recibir algún mensaje revelador de un corresponsal extranjero. Desafortunadamente solo tenía que entregar un sobre.
Una lluvia que al caer imitaba el sonido de baldazos de agua se apoderaba de la escena. En el suelo caía, pero también sobre los arboles, sobre los autos, sobre los linyeras y sobre los vendedores de panchos, e incluso osaba caer sobre la gente “decente” de saco y corbata, que, portafolio en mano cubriendo sus cabezas, huye despavorida de un agua que nos iguala salpicándonos de la misma manera.
El asunto del diario La Prensa se terminó rápido. Entrega, firma aquí, firma allá, gracias, adios, el otro asunto, el del agua, la que llevaba encima impregnada en la ropa, dentro de los zapatos y la que cubría las veredas, era algo distinto.
Cada tanto se siente que los dioses, de existir, le sonríen a uno.  No una sonrisa majestuosa y llena de dientes como la de un afiche político, mas bien un pequeño esbozo de esta, mas parecido a un guiño cómplice; y con ese gesto providencial la lluvia empieza a perder fuerza, cambiando del aguacero reciente a una llovizna de gotas gordas, haciendo menos dificultosa la marcha hasta Plaza de Mayo, hasta la boca del subte A, hasta donde me lleve la vida.
Conozco las veredas permanentemente rotas de la calle Azopardo, por lo que continuar desde ahí hasta Av. de Mayo sería, sin exagerar, tortuoso, y sucio; lo mejor es doblar a Paseo Colon y seguir desde ahí.
Un poco mas adelante, enfrente, camina una chica con una campera hecha un bollo en la mano que me genera sentimientos de familiaridad, de repetición, algo ya vivido, una escena de mucho tiempo antes y que mi mente olvidó pero mis afectos no; como una foto distante, o un eco de esta, que llega a mis manos sin tener idea de donde vino ni quienes aparecen allí.  Ella está empapada, tiene una musculosa con breteles muy femenina, un jean ceñido, tendrá alrededor de 18 o 20 años y no puedo dejar de mirarla, pero algo me dice que le gusta que la vean, incluso que espera que la estén viendo desde alguna ventana o desde algún auto. Es de una complexión atlética muy atractiva que se acentúa con la ropa mojada pegada al cuerpo y que no se apreciaría tanto si se abrigara con su campera. Esta feliz, siente el agua recorrer su cuerpo y sonríe al cielo, y sonríe mientras baja la cabeza para ver donde pisa, salta livianamente los cordones de la vereda y los charcos mientras cruza Paseo Colon y yo veo las caras de los conductores detenerse en ella y olvidarse de los semáforos, de los problemas e incluso de tocarle bocina o gritarle algo; la cara de ellos, como la mía, pasan a un abandono encantado, y ella lo sabe, y lo disimula; sabe que irradia una energía a todo su alrededor que entra por los ojos, invade el cerebro, pero no lo entiende porque también le afecta. Estoy seguro que la embriaga el tacto de su ropa húmeda, como si la abrazaran cientos de manos que la contuvieran y la abrigaran sin ningún espíritu impúdico, conformándose tan solo con acariciar su piel unos segundos. También estoy seguro de que si le ofreciera un paraguas o tomar algo en un bar ese hechizo se rompería y todo el momento se echaría a perder; lo único razonable en una situación así sería, en medio de la avenida, afirmarla pasando una mano por la cintura, y con la otra descorrerle los húmedos negros cabellos de la cara rozando su frente con la punta de los dedos, detenerse sobre su nuca en un solo movimiento constante, y besarle los labios apasionadamente jurándole soportar cualquier humillación con tal de tener su atención, porque quizás, es ese momento yo la deseo con cada célula del cuerpo.
Ese poder de dominio inconsciente que llevan todas las mujeres, que se aprovecha al máximo de nuestra capacidad para concentrarnos en una sola cosa a la vez. Sin darse cuenta, muy dentro suyo, ella sabe; tarde o temprano vamos a desearla, a ella, a cualquiera, a la lluvia, la que nos iguala, y aunque querramos correr con el portafolio cubriendo nuestra cabeza vamos a terminar hechos sopa; la mente fija en una idea única, su sexo, su dominio, que sigue de largo y se pierde entre calles angostas mientras doblo en la avenida.
Me acomodo dentro del vagón y siento una voz familiar que habla por teléfono, era Guillermo.  Me mira con esa cara sonriente que suele tener y me saluda haciendo aspaviento, entonces le pregunto: -¿Y la banda como va?- él deja la sonrisa de lado y pone su cara de preocupación.
Guillermo tiene dos expresiones faciales, todo el tiempo usa su sonrisa amigable, con eso cae simpático en todos lados; la otra, la cara de preocupación, la usa en muy pocas ocasiones.  Yo siento que el verdadero Guillermo es el de la preocupación, es la cara de cuando dice algo que siente verdadero o cuando algo sinceramente no le gusta.
Me mira fijo y su voz pierde fuerza, empieza a hablar despacio y claro, yo apenas lo escucho con el quilombo del subte, -No, deje la banda.  Vos no sabias nada claro, la deje en Junio.  Me comentaba sus razones y hacia gestos con las manos reafirmando las partes importantes.  Yo solamente movía la cabeza y decía "claro", "si", y el seguía.  Lo escuchaba sin mucha gana.  En cierto modo me alegré por el, aunque todavia no tenía claro que buscaba en su vida, los cortes abruptos nos fortalecen, nos hacen crecer; sentí que él necesitaba ese paso.
En el primer silencio que me dejo hable con una determinacion tan grande que me sorprendí a mi mismo, -Necesitas encontrar a tu diosa del agua- le dije mirandolo a los ojos. -Que es eso?- me pregunto y le conte de la mina que caminaba con la campera hecha un bollo mientras se mojaba.  Apareció la sonrisa en su cara, su verdadero ser fue a esconderse y lo perdí.  Me interrogo sobre si estaba buena, si le había dicho algo, si tenía buen culo.  No entendía lo que yo trataba de decirle; a pesar de ser muy buen tipo no entiende momentos como el de hace un rato abajo del agua.  La gente como el, con demasiadas caras, no percibe muchas cosas que se dicen sin hablar; gestos ínfimos que aparecen como gritos de ayuda o desesperados llamados de atención, escurren en su persona como agua atraída a la rejilla.
Había algo en común que tenía con Guillermo y hace tiempo se perdió.  El corre cuando viene la tormenta, todas las personas lo hacen.  Yo deje de correr cuando entendí que a ciertas cosas no se les puede escapar.  Un chaparrón, la soledad, dejar en pos de busqueda, el agua siempre nos termina igualando a todos; excepto a la chica que ocupó mis pensamientos desde la tarde temprana.  Ella ya no es un ser humano normal, es mas que eso, es una divinidad, es una diosa del agua; esta despojada de toda carga y vuela libre por mi mente en la felicidad eterna del mundo conceptual.  Esas cosas trataba de explicarle cuando él, entre risitas, esperando alguna confidencia me dice -Che, ¿y Eugenia?¿la volviste a ver? Me acuerdo que estabas re-metido con esa mina.  El eco distante que había sentido temprano en la tarde viendo mi epifanía, entro como un rayo de sol y descorrío un poco las nubes de tormenta en mi cabeza. Lo salude sin contestarle, me baje en cualquier estación y empecé a caminar, ya no volvería a la oficina, ya no iba a ver a ningún cliente ni a entregar ningún sobre.  Seguía lloviendo.
Una vez me habían advertido, "tu problema es que vos idealizas mucho".  Eugenia fue esa voz consciente que no llegue a comprender hasta ahora.  Quizas esa sea la causa de esta lluvia.  Quizás por eso, nunca nos entendimos.
Eugenia quería sentirse de ese modo, tenía con que, pero no lo hacía.  Algo le impedía apreciarse enteramente por lo tanto su actitud era fingida, no por eso, menos deliciosa.  "Me gustaría mojarme mas con la lluvia" repetía a veces, pero cuando se mojaba forzaba su cabeza a mirar para arriba mientras trataba de esconderse en si misma; la clave para entenderla es esa palabra, "forzaba", vivía convenciéndose de ideas ajenas.  Ella entendía la magia, trataba de reproducirla pero eso no se puede hacer, es algo natural e inconsciente que pasa, como un enamoramiento.  Sin embargo ese "algo" que la impulsaba a encajar era lo que yo miraba, era lo que me atraía, la entendí de esa manera en aquel momento y quizás, ese algo fuera un ansia infinita, un deseo reprimido por que la lluvia finalmente amaine.  La busque por mucho tiempo hasta que finalmente lo deje de hacer.  En ese momento, en este momento que lo rememoro, caí en cuenta que mis pasos, la vida, y la lluvia que habitaba en mi, me habían llevado hasta su barrio y a nunca borrar su número de teléfono.
"Estoy pensando en vos" le mando por mensaje.  "Ey! que haces?" me contesta.  "Estoy cerca de tu casa" le digo.  "Venite", y dejo de llover.

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