3.12.11

En el curso de esa noche

de Gabriela Zuccala


Hacía años que no tenía esta sensación, esta inquietud. Palpitaciones, hormigueo en el estómago, ya desde algunos días. Tengo miedo; me ocupé de todo lo que había dejado por hacer, arreglar una persiana que no andaba en el tercer piso, una vecina que me había pedido que le cambie un tubo de luz, repasé los bronces de la entrada.
Pasaron 10 años desde que conseguí este trabajo que tanto me gusta. Soy encargado de edificio en plena avenida de un barrio de “la capital”. Algo que estaba tan lejos en mi niñez en Misiones donde sólo abundaban golpes, pobreza y crujidos de hambre en el estomago. Soy un hombre ya mayor, estoy por cumplir 65. Tengo hijos, por lo menos seis. A dos  las veo, una siempre me pide dinero y asilo cuando se le va la pareja de turno. La otra vive en Misiones, del resto no sé si saben quién soy o si yo los reconocería ahora que deben estar grandes y hasta cuarentones…
No soy un mal tipo, creo, pero tengo esta necesidad. A esta altura presiento que no se va a ir, al menos me acompaña desde veinteañero. Antes de la primer manifestación sentí la misma turbación que siento ahora, no sabía en aquel entonces lo que era y se me calmaba un poco bebiendo y de juerga con amigos,   pero cuando me quedaba solo algo de mí se transformaba; quería pegar, romper, estallaba en furia.Había una muchacha hermosa, hija del dueño del bar y maestra de la escuela. Todos la conocíamos, todos nos conocíamos.
Con ella el primer desasosiego.
Mis pensamientos me asustaban, en mi casa no lograba entretenerme ni estar tranquilo, por lo que casi todas las noches luego de cenar salía a caminar. Fui andando el barrio por calles y recovecos, cortadas y baldíos que no conocía. En algún momento me acerqué a espiar, por supuesto la maestra fue la primera a la que observé, luego siguieron las chicas que pasaban por la plaza, por la estación de tren o bajaban del colectivo. Instintivamente fui armando mi colección, miraba a las jovencitas altas y pulposas, luego que tuvieran una figura armoniosa, que fueran lindas y por último rubias. Llegado este punto de la selección ya sabía cómo averiguar dónde vivían, a qué se dedicaban, qué les gustaba hacer y a qué hora. A cuáles podía acechar, verlas desvestirse, cambiarse, en algunos casos las observaba dormir. Así me sentía satisfecho. Mis amigos adolescentes tenían sus primeros encuentros con chicas o con mujeres que sus parientes masculinos contrataban, pero yo no me animaba, la realidad era que me parecía que jamás iba a poder tocar o besar alguna. De cerca me generaban distintas sensaciones, durante una misma conversación imaginaba cómo serían desnudas, luego yo desnudándolas y si respondían con deseo quería golpearlas.
Entonces,  la primera que me atrajo fue la maestra y con ella el gusto por observarlas, la segunda,   por la que me sentí tremendamente afectado fue la gringa de la calle Rocha, ya me sabía sus movimientos de memoria tanto que hasta dejé de disfrutarlos, de allí provino el otro cambio, no me alcanzó con seguirla y verla desenvolverse. Tenía que acercarme, hablarle.
Llegar a tener una conversación con ella me llevó meses, comencé a animarme practicando charla con amigas, vecinas, hasta lograr una habilidad que ni el más apuesto de mis amigos tenía. Era fácil una vez que conocía sus gustos y actividades y así pasaron los primeros años de adolescencia y juventud.  Se acercaba mi cumpleaños número 20 y yo quería pasarlo con la gringa quien no daba tregua a mis palpitaciones. Logré que ese día fuera nuestra primera cita; era martes. Nos encontramos en el café de la esquina de la plaza, luego fuimos al cine y de ahí caminando a su vivienda. Ya a un par de cuadras del centro nos iluminaba la luz de la luna y no había gente en la calle. Nos excitamos y en un callejón oscuro comenzamos a acariciarnos, besarnos, tocarnos y se fue desatando la locura y de ahí el primer golpe, justo en la quijada.
Cayó como bolsa de papas al piso; siguieron otros en la espalda, en el estómago, en la cabeza, en las piernas…. La sangre en su boca y el olor a orina me despabilaron, salí de esa furiosa ensoñación. Fue como un despertar, ¿Qué hice? La abracé, impávido. Forcejeó, se escapó de mis brazos ya flojos. Se arrastró, se incorporó y corrió como pudo; lloraba, gritaba. Perplejo y casi sin voz mientras la miraba alejarse susurré una disculpa. Comencé a escapar sintiendo una extraña combinación de dolor y placer. 

Así fueron pasando los años y mis mujeres, así se manifestaba mi deseo y mi necesidad. Trabajaba, necesitaba dinero para vivir. Conseguí separar mi afición de mi lugar de vida y trabajo. Nadie podía sospechar. El secreto estaba tan dentro mío que durante ciertos períodos hasta yo olvidaba mi sadismo. Esto no era algo regular, algunos años no pasaba nada, algún otro con una sola afrenta era suficiente y lo máximo fueron dos dentro del mismo año.
En una oportunidad, el padre de una de ellas nos había seguido, así que nos trenzamos y esa vez fui yo el sorprendido, casi me mata, pude escaparme mientras tuvo que ocuparse de su hija, seguramente avisaron a la policía,   yo ya estaba lejos y obviamente ella no conocía mi verdadero nombre.
Cambié de municipio, luego de provincia y así fui recorriendo. Cuando alguna vez me enamoré luche contra este horror que no vencí. De mis amores tengo a mis hijos, pero tenía que huir. Con dos de ellas se me fue la mano y las dejé ahí tiradas, incapaz de ayudarlas, murieron frente a mis ojos y bajo mis lágrimas; por lo que además soy fugitivo. 
Un día por casualidad conseguí este buen trabajo, tranquilo y sano. Junto con él una mujer a la que amo y a la le he dado, ya, muchas palizas; nunca me denunció aunque en la última golpiza, que fue hace muy poco, se la llevó la hija y estoy extrañándola.

Tocan el timbre.
Es la policía.
La hija de Julia me denunció por la muerte de su madre.

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