4.12.11

.ni arquero ni delantero (y eso que te gustan los extremos).

María Chiesa


Te importaba tan pero tan poco que ni aceptaste los guantes de arquero que te ofreció el gordo, le dijiste que vos no tenés manitos de bebé y que una pelota no te a va a romper un dedo; el negro trató de convencerte pero vos no lo escuchaste y te mandaste para el arco con esa sonrisa tranquila y confiada que tenías desde que llegaste. Los de enfrente, contentísimos porque veían nuestras caras de terror, sin problema aceptaron jugar con uno menos; dejando afuera a un pobre pibe que se sentó a un costado con cara de "este es el peor día de mi vida".

En el centro de la cancha se pararon los delanteros de ellos, uno le sacaba casi dos cabezas al más alto de nuestros defensores y yo no podía dejar de escuchar como entre ellos ya se trataban de ganadores y contaban los goles que cada uno pensaba meter. No importa, acá se juega el honor y por el honor vamos a pelearla; aunque no tengamos arquero y en su lugar estés vos, que no jugas ahí desde que tu ídolo era Córdoba en sus primeros años en Boca (te moviste más adelante cuando descubriste que con el gol viene el levante y perjuraste al que quisiera escucharte que siempre seguiste al Loco Palermo).

Yo giré dos o tres veces para mirarte, casi me ofrecí a reemplazarte, aunque sabemos que entre lo flaco que estoy, mi torpeza natural y que no tengo centímetros para regalarle a nadie, sería un fracaso de arquero. Vos estabas riéndote como si en verdad hubieses estado esperando esto, con la remera vieja del Madrid que decía "Raúl" y con como única buena arma bajo el brazo el sol que le daba de frente al arquero contrario. O eso creíamos nosotros, mientras vos te ocupabas de darnos indicaciones: "¡gordo, gordo que no te pase el siete de ellos!" gritabas para un lado y "¡Ricardo, encará, vos encará y nada más!" para el otro… parecía que tenías palabras para cada uno.


A los diez minutos ya habías frenado dos pelotas que casi me dieron ganas de pararme al costado de la cancha y mirarte jugar; y a los pibes ya no se les notaba tanto lo muertos de miedo que estaban, no sé si porque lo disimulaban mejor o porque estaban más tranquilos. De a poco nos dabas confianza, y como si eso no alcanzase, cuando el diez de ellos me pasó con un firulete que me dieron ganas de quebrarle una gamba, vos saliste al achique como si hubieses nacido arquero y te quedaste con la pelota sonriendo esa sonrisa creidita, que cuando éramos más chicos te costó tres trompadas y te ganó seis minas. Con eso estuvimos hechos y de repente se despertó la mitad de la cancha y el rubio se acordó de que es cinco de corte, nuestro Ricky se contagió del Ricardo de gloria roja por el cual tiene su nombre y empezó a jugar, pero de verdad, de que te querés poner a aplaudirlo, y como si fuese poco el pelado se acordó de que era nueve y con el toque del apellido en su camiseta puso el uno a cero.


En el entretiempo ellos nos dijeron que les habíamos desbalanceado el equipo, que no era justo, que si uno de los nuestros estaba anda a saber donde ellos no tenían porque perder uno de los suyos, que era una trampa sucia. El negro y yo tratábamos de poner excusas, explicar que no teníamos idea de por qué nos había fallado el arquero, pero antes de que digamos algo entero de verdad, vos saltaste con una calma de profesional consagrado y dijiste "ponelo al flaco, ponelo" y el negro se puso blanco del susto, te juro, y el rubio atrás insultó a tu vieja sin descaro mientras yo te decía que jugar con uno menos no era negocio, que no te hicieras el héroe y vos me miraste y me dijiste que me calle la boca y me preocupe de marcar al nueve de ellos que había hecho agua en eso todo el primer tiempo.


Yo creía que el complemento iba a ser una masacre, pero los pibes empezaron encendidos, por ahí contagiados con tu agrande y tu tranquilidad, y apenas sacamos se armó una linda con el negro, el rubio y el gordo que terminó servida en los pies del Ricky y fue el segundo. Y claro, agarrate ahí, ellos trataban de llegar como fuera y los pobres de atrás tratábamos de poner el pie con disimulo y apretar un poco para ahorrarte los sustos; pero no que vos lo necesites si seguías ahí, carita feliz que casi daba miedo, y cada vez que la pelota iba cerca, estaba en tus manos antes de que yo pudiese pestañear.   

Ellos seguían tratando de llegar como sea y después de que descolgaste un centro (alguno de los nuestros te gritó que te amaba, pero no voy a andar contando tantas intimidades) y se lo diste rápido al Ricky, entre pared y toque de lujo se vino el tercero y listo, partido liquidado. Y vos sabes que yo nunca me agrando, ni en un cuatro a cero arriba te digo que ya estamos porque no quiero quemar a nadie y menos a nosotros. Pero esta vez, esta vez lo veía, lo veía en vos que me prometías sin hablar que ni una pelota iba a entrar, lo veía en los pibes que estaban jugando como si nos pagasen para esto o más, como si todos jugásemos con la misma camiseta a pesar de que había más contras que amigos en cuanto a pasiones.


Ganamos tres a cero, humillamos con fútbol  en el final, pero la estrella fuiste vos y con la botella de agua en las manos y todavía esa sonrisa del principio lo tenías tan claro que casi daba bronca; pero tenías también ese no se qué que hace que nadie se puede enojar nunca con vos, el rubio dice que es ese aire de buen tipo.


— ¿Por qué no atajas siempre vos?— te preguntó el nueve de ellos, al que no viste más porque ni respirar solo lo deje en la segunda mitad.

—Porque me aburro campeón, si tengo una defensa de fierro y nunca veo la pelota— y era mentira, pero ni el nueve de ellos, ni yo, ni nadie te dijo nada sobre eso porque lo dijiste con la misma convicción que cada palabra en la cancha, porque hablaste como el que sabe. Y ahí te entendí – ahí entendí que hayas colgado los botines, qué no quieras correr más detrás de la pelota y qué hoy te hayas bancado el arco. 

Vos flaco, vos querés hablar y no te alcanza con ser capitán… vos estás para dirigir.

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