19.8.10

El patabolsa

Se ató las bolsas y los trapos envolviendo los botines de seguridad, cuestión de hacerlos mullidos y silenciosos La ropa oscura y vulgar contagiaba a sus movimientos gatunos una impunidad furtiva; la necesaria para ser un patabolsa. La barba le encerraba los rasgos, no se lo reconocía. Una gorra le tapaba la totalidad de la frente y parte de los pómulos. Silencioso, Ramón se incorporó a la oscuridad de la noche. Caminó hacia las casas dormitantes donde el viento patagónico empujaba puñados de arenisca reseca, una lija viva e incansable llevándose de a poco la superficie de las cosas.
Nadie lo había visto jamás en alguna de aquellas excursiones -pensó al caminar-. Es que si hubiera sido de otra manera, ya no estaría entre aquella gente, con la que a menudo compartía la comida y el mate. A veces, con alguno en particular, tuvo un sentimiento que se parecía a la vergüenza. Pero pasaba rápido, como la sombra de un espectro o de un gato. Tuvo vergüenza antes, cuando su madre se lo hacía notar: “¿vos no tenés vergüenza Ramón?”. Sí, entonces la tenía, pero nunca supo si en verdad lo avergonzaban sus malos procederes o que los otros los advirtieran y lo condenaran.
De una u otra manera, ahora ya la había perdido del todo. Y dicen que si la vergüenza se pierde, jamás se recupera. Debía ser así nomás.
Espió entre las sombras, cobijado detrás de la caseta del grupo electrógeno para el hospital de campaña. Ahí estaría a cubierto de cualquier mirada perdida desde alguna de las ventanas.
Las callejas permanecían oscuras y el viento andaba escobándolas como cualquier otra noche. Alguna puerta se entreabrió vomitando la silueta de un hombre que encauzó los pasos hacia el cruce del camino principal. Desde la casa tres, tosió Ascencio y se limpió la boca con el dorso de la mano; la puerta había permanecido entornada unos momentos y la luz proveniente del interior le otorgó a Ramón la facilidad de verlo despedirse de su mujer y enrollarse la bufanda alrededor de la cabeza. Ella le levantó el cuello de la campera y le dijo:
-Andá rápido, no tomes frío.
- Sí; hasta mañana. Esperame con el mate.
Ascencio arrepechó contra el viento para juntarse unos pasos más lejos con Jacinto, de la casa cuatro. Marcharon lado a lado en una comunión de gestos que dieron la impresión de estar viendo a un par de hermanos gemelos. Más adelante se les agregó un hombre y después otro.
- Turno de la noche. Otra vez. Toda la semana... Con este frío... -se quejó una voz.
Otra, le siguió el comentario:
-La semana que viene va a ser lo mismo.
Las voces y las palabras fueron perdiéndose entre el sonar marchoso de los botines de seguridad golpeando contra las calles de piedra.
El transporte para la mina se detuvo en la principal, donde ya lo esperaba otro grupo de hombres emponchados y tosientes, atrincherados entre sí para cuerpearle la devastación al viento.
Ramón pensó: “están todos apestados esta noche, qué los parió. Debe ser el frío”. Y aguardó a que el ruido del motor y el reverbero de las toses se perdieran en la distancia.
Estuvo esperando bastante porque los sonidos permanecían suspendidos en el espacio como objetos compactos. El silencio de la Patagonia es tan intenso que los desprevenidos se asustan de estar demasiado cerca de sí mismos. Así les había pasado a algunos que se fueron. Otros se lo aguantaron y se amigaron con sus propios fantasmas.
Él, Ramón, encontró un camino diferente. Y peligroso. Aunque ahora era más fácil que al principio, cuando en aquellos páramos se había establecido sólo el campamento, con unas pocas casas para los jefes y  para los técnicos solteros,  una especie de hotel donde podían recibir a sus familias. Los que estaban embromados eran los operarios: gamelas para cien tipos, seis por cuarto, nada de visitas.
A raíz de eso se había armado aquel problema, donde él ofició de intermediario... digamos…
Después de muchos cabildeos entre los dueños de la empresa se había resuelto construir aquel barrio de cuarenta casitas, una pegada a la otra. Algo incongruente si se pensaba en la extensión de las tierras disponibles, pero nada extraño si se miraba por el lado económico: se ahorraban paredes y además, con aquellos vientos, una le servía de reparo a la otra.
Ascencio, pobre -recordó Ramón- dijo que parecían casas hechas con barajas.
“Si aprieta mucho el viento, vuelan como castillos, vuelan como castillos de naipes.”
Todos se rieron de la broma aunque sabían que se aproximaba bastante a la verdad, pero estaban conformes: al menos les habían hecho casas para traer a sus esposas. La soledad no se aguanta fácil y en el sur, las mujeres son escasas y las del puterío salen caras. A veces, medio desesperados, los hombres se llegaban hasta la ciudad más próxima, pero eso les llevaba dos días de licencia y era seguro que volvían sin un peso.
- En fin - rememoró Ramón-. Yo había intervenido cuando un conocido trajo el camión con once mujeres dispuestas a hacerse la noche para su “cosecha de retiro”... Pobres infelices, siempre soñando con juntar un mango para dejar la vida de prostitutas y empezar algo decente en otra parte... Y a la mayoría les quedaban los huesos en algún lugar del sur, nunca les alcanzaba para irse como se habían ilusionado en las primeras rodadas. Trabajo duro aquel pero inacabable: aunque se les cumpliera el sueño y se pusieran la “boutique” en alguna ciudad de provincia, siempre se las reconocía por el sello de los ojos muertos y el gesto alerta para escaparle a los recuerdos.
Él, Ramón, había hecho el servicio de alcahuete. Había trabajado firme para contentar a unas y a otros. Pero en la empresa se armó la bronca: las colas para arremeter contra las mujeres fueron ruidosas y hubo peleas entre los hombres. Se supo en el momento y la empresa mandó a los de seguridad para acabar con el lío. A él no le pagaron la comisión porque el hembraje tampoco ganó nada y al patrón de las mujeres lo encontraron seco de un tiro por el lado del camino viejo. Cosas de la soledad y el sur. Peleas por quién sabe qué. Ningún culpable y a lo sumo se le tira la sospecha a algún chileno. Es más fácil poner la responsabilidad afuera “andan de paso, en busca de conchabo o de pelea.”
- En realidad las casas me las deben a mí - conjeturó para si Ramón, mientras se restregaba las manos enguantadas. ¿O acaso no fue el asunto del camión con mujeres lo que aceleró los trámites para las construcciones?
Aquellos que tenían mujer e hijos, los trajeron. Otros se casaron en sus pueblos, para tener esposas y vivir sosegados.

A  él le vino de perlas: aprovechaba la hacienda ajena. Se rió bajito. Ahora estaba justo en el momento de concretar un encuentro con “la difícil”.
La mujer que se trajo Ascencio le había encendido el desafío: joven de verdad, ni veinte años tendría, linda y recién casada. Casi sin estrenar. Volvió a reírse para adentro.
Ella, después de haberse hecho rogar como ninguna, al fin, lo había citado.
Para esa noche y las siguientes de la guardia nocturna del marido que él, como capataz, había arreglado. Se rió otra vez: la había tenido sin hombre o de hombre agotado, más de un mes... Buen trabajo, Ramón, como siempre. Exhaló algo entre suspiro y resuello, anticipándose a lo que vendría más tarde y luego se quedó un segundo en tensión.
Ya no se oía ni el recuerdo del ruidoso motor ni de las voces de los hombres. Caminó sobre sus pies embolsados, pegado a las paredes.
Tocó apenas la puerta de la casa tres, que cedió permitiéndole entrar en la oscuridad interior.
La mano pequeña de la mujer se le asentó en el brazo. Lo guió al dormitorio transmitiéndole aquella urgencia mezclada con temor que él ya había experimentado otras veces.
Se arrojaron juntos a la cama y él la abrazó.
No llegó a sacarse ni un trapo de los botines.
Las sombras lo alcanzaron en silencio. La bufanda gruesa le trabó los dientes que mordieron aquella lana donde ya se asomaba el gusto de la muerte. La boca le quedó abierta, con las quijadas de animal jadeante separadas.
Ella lo miró a los ojos, a la luz tenue del velador colocado en el suelo. Le dijo:
- ¿No me reconoce, Ramón? Claro que no. Soy la hija de Pedro y de Juana. La que se quedó “mudita del susto”, cuando usted se escapó por la ventana y mi papá le metió el tiro a mi mamá sin llegar a escuchar que ella no. Que ella lo había echado de la casa. Yo tenía ocho años... ¿Se recuerda ahora? Cuando entré en el cuarto de ellos dos, ya había sonado el segundo tiro. Era certero el viejo con las armas. Y ya ve, ahora la muda recuperó el habla. A lo mejor para encontrarlo a usted, Ramón. Las mujeres crecemos rápido. No nos da tiempo a olvidar.
La mujer quedó en silencio y el patabolsa se sintió levantado en el aire por incontables manos, sacado al frío de la noche que soplaba estrellas congeladas. Ni un sonido aparte del latigazo del viento que le golpeaba los ojos desorbitados que querían identificar, mirar, señalar.
Más tarde, cuando lo tiraron como a un fardo entre la piedra arenosa del suelo, pensó:
“Patabolsas. Son todos patabolsas.” Todos aquellos pies calzados con botines de seguridad estaban como los suyos, forrados en trapos para aplacar el ruido de los pasos que giraron a su alrededor. Ahí sintió los primeros golpes, sordos, violentos. No podía moverse ni gritar. Sus últimos pensamientos, como ráfagas entre el dolor le decían: “estás frito Ramón, las estás pagando todas juntas, ¿no tenés vergüenza, vos?   “¿te estás muriendo, Ramón?”
El sonido del camión que los llevaba a las aberturas de la tierra para extraer el mineral, se escuchó nuevamente esa noche, pero los hombres de las casas silenciosas subieron esta vez sin comentarios.
Nadie oyó nada. Tal vez la mujer que lloraba despacito en la casa tres, podía haber identificado el motor y hablado de haberlo oído dos veces esa noche. Pero ella estaba ocupada enterrando sus muertos. Tal vez generando el nacimiento de algo que la perseguiría igual a lo largo de la vida. Vaya a saber qué. Desde su entendimiento, sólo la esperanza de que hubiera un patabolsa menos, la redimía. El evitar que otra chiquilina de ocho años escuchara los tiros y se quedara muda esperando para llegar hasta una noche como ésta.
Un día cualquiera, llegó un puestero que trajo la noticia del hombre disecado al sol. La gente mostró asombro y hasta horror. Y ella como todos. Ni más ni menos que otras mujeres del poblado, al enterarse que habían ultimado a un hombre. Un trabajador, dijeron. ¿Sería el capataz que se había ido sin previo aviso? Los botines envueltos en trapo parecían la única evidencia del otro oficio del muerto.
Se comentó, se dijo, como otras veces, después de las investigaciones, que “alguien, en alguna pelea”. “Deudas de juego, seguro. Con esta gente ya se sabe...”
Los animales carroñeros, el sol y el viento ya habían borrado las huellas.
No se encontraron culpables. Nadie podía responsabilizar al pueblo que dormía mientras el único grupo de hombres trabajaba a varios kilómetros del caserío. Era imposible que hubieran oído nada.
En ocasión del servicio religioso, los hombres y las mujeres del pueblo lo acompañaron con mudo recogimiento.
Se dijo que había sido “un buen hombre”. Trabajador, como todos. Uno más en la maraña de “los golondrina” que iban de obra en obra. Se mencionó asimismo su posible periplo por otras soledades, la lejanía de una familia que acaso lo esperara allá en el norte de la república, lugar de minas agotadas a cuatro mil metros de altura.
De eso de andar en obra, de empresa en empresa, habló también el cura, mirando a todos aquellos individuos juntados en un caserío nuevo. No eran de su parroquia, pero se parecían a otros con los que había trabajado.
Curtido, el cura. En el galpón improvisado como capilla, dijo lo que debía decir y pidió por el alma del difunto. Bendijo finalmente a ese compacto grupo inmóvil, contenido en aquel silencio obsesivo que el cura conocía tan bien.
- Son “Gente de Obra” - reflexionó mientras guardaba sus cosas - Viven según códigos no escritos que todos ya conocen. El que no aguanta se va y el que aprende, aprende rápido. Y se calla la boca...
De ahí el silencio. Un muro más entre los muros de la piedra. Una pilca o de ausencias y una argamasa de sueños. Con cada piedra, lo que nunca se dice.
El sacerdote suspiró observando los preparativos para el entierro del cuerpo que nadie reclamó. ¿Quién habría sido en realidad el hombre? ¿Por qué esa muerte solitaria e inhóspita?
Aún le quedaba acompañar a la gente al cementerio. Sabía que en aquel momento se dirigiría a los que quedaban con un “Dios los acompañe”, porque era el único ruego que podía hacer en conciencia. No había habido confesiones, ni las habría.
- Que Dios nos acompañe a todos - se dijo mientras subía a la camioneta que llevaba también al directivo de la empresa que había viajado en avión desde Buenos Aires, junto con las coronas encargadas por radio, a dos mil ochocientos kilómetros de distancia.
Las flores aún se conservaban frescas, cuando cargaron en el Unimog el ataúd con los despojos del capataz, para llevarlo al cementerio del pueblo viejo, cinco casas de puesteros, el almacén y el ruinaje de taperas y corrales en abandono.
Toda la gente, atiborrada de una pesadumbre espesa, se acomodó en las camionetas de la compañía minera y en cada uno de los coches particulares.
En el pueblo nuevo no quedó nadie, porque hasta los perros de lenguas oscilantes corrieron detrás del cortejo, aullando lastimeramente al muerto que ninguno había llorado.
- Son gente endurecida. Se ha hecho piedra entre las piedras - comentó más tarde, en su casa de Buenos Aires, el Director Supremo, al mirar dubitativo los trocitos de hielo girando en el fondo de su vaso de whisky.
- Menos mal que nosotros no vivimos allá - le ronroneó la esposa, mientras se acurrucaba entre los almohadones de un sofá, con el Cointreau en la mano izquierda y el cigarrillo encendido en la derecha.
- Menos mal. Son gente tan difícil de entender... Si al menos los técnicos o los ingenieros fueran más abiertos. Pero no, se han hecho pared, junto con los operarios y los mineros. Hasta las mujeres parecen de piedra...
-Y... son gente de obra...

1 comentario:

  1. Cuántas cosas que no sabemos de nuestro paìs y de los distintos mundos sumergidos en él. La prosa es exacta en la transmisión de ese clima.

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