28.4.10

Ahora voy a buscarte

A lo lejos Juana parece alta pero a medida que uno se acerca su figura se disuelve. Está parada observando una pequeña placa de bronce. No ríe. No llora. Sólo silencio.
Viste de negro como sus ojos y el pelo le cae en forma de hilos de sal. Su piel es blanca como nieve y a la luz del sol se hace aún más transparente. Ni siquiera se mueve. Su mirada se posa con más firmeza en esas letras brillantes que le oscurecen la vida. Ignacio. 6 años. Tu mamá te recordará siempre.
El ambiente es asfixiante y rememora una y otra vez las manchas de sangre en el piso. Te me escurriste de los brazos. No pude evitarte el dolor.
Juana, Juana, dice su marido –que está a pocos metros de la tumba-. Ella no responde. Sus pies fríos permanecen en el mismo lugar. Los oídos tapados por el último llanto. Juana, ¡debemos irnos! Juana, Juana, ¿me escuchás? Juana, soy yo, ¡vamos!, es tarde. Ella no reacciona. Los ojos perdidos en la tumba. Juana, ¡tenemos que irnos! Él la toma del brazo y baja suavemente hasta llegar a sus manos. Pero ella se suelta como un pájaro.
Los ojos de Juana están cansados aunque hace un esfuerzo para no desvanecerse. Hace más de una semana que tiene la misma pesadilla. Ignacio en sus brazos, manchones rojos y el sonido del último grito que retumba en su cabeza. Te fuiste sin decirme adiós.
Su esposo sigue llamándola y Juana no responde. Parece que ni el frío ni el calor pueden perturbarla más de lo que está.  Dios no escucha plegarias.
Al verla tan aturdida su marido decide llamar a uno de los guardias del cementerio para que lo ayude a sacarla de allí. El muchacho es robusto, de piel morena y ojos oscuros. Juana se resiste pero entre los dos hombres logran llevarla fuera.

Aquel día ella había llevado a su hijo a dar un paseo por la plaza cuando oyeron la sirena de un auto de la policía. Ignacio se escondió detrás de las piernas de su mamá. Ella no veía nada, sólo escuchaba el sonido que cada vez era más intenso. De pronto observó un vehículo que pasó rápido por la calle. La policía lo seguía hasta que logró detenerlo. Empezó un tiroteo, ambos se escondieron detrás de un árbol. Los disparos eran cada vez más fuertes; ella lo tomó en sus brazos para intentar correr, cuando una bala impactó en la cabeza del niño. A los pocos minutos llegaron los vecinos, la policía y luego la ambulancia. Un débil gemido salió de la voz del pequeño. Juana lo movía,  le decía que se despertara, pero él no reaccionaba. Juana lo miró, observó sus manos aún manchadas de sangre y no volvió a pronunciar palabra alguna.
Los camilleros subieron al chico a la ambulancia pero no pudieron reanimarlo; varios médicos tuvieron que sujetarla para despegarla de Ignacio cuando llegaron al hospital. La soltaron recién cuando su esposo llegó.

Esa tarde era la primera vez que iban a visitarlo juntos al cementerio. Después de la muerte de Ignacio todo había cambiado. Juana pasaba sus días llorando. Sus amigos y familiares estaban preocupados. La iban a ver pero ella parecía estar en otro lugar.
Apenas comía algún bocado cuando su marido la obligaba. Los primeros meses iba a menudo al cuarto de su hijo, a veces se sentada en la cama y miraba sus juguetes, otras observaba las fotos donde estaban los dos jugando en la plaza o sujetaba la almohada de Ignacio tan fuerte que parecía estar abrazándolo. Con el tiempo comprendió que su hijo no regresaría y decidió ir a buscarlo al cementerio. Ahora  vamos a charlar tranquilos.
Ese día Juana le había llevado chocolates y un auto de carrera. Era un día especial. El día de su cumpleaños. Se quedó hasta que el sol había desaparecido y a lo lejos se veía una sombra que la llamaba. Su esposo la vio a la distancia parada frente a la tumba y cuando le habló, ella no contestó. Esa noche decidió internarla.


Las paredes eran blancas, había una pequeña ventana y una cama mediana. Juana no salía mucho de su habitación aunque el lugar tenía un parque grande y bonito. No molestaba a nadie. La médica solía visitarla por la mañana, le llevaba algún chocolate que Juana comía y luego volvía a sentarse en la cama. A veces caminaba por el cuarto, siempre mirando hacia la ventana. Pero cuando le preguntaba, Juana no contestaba.
Un día mientras la doctora escribía algo en su libreta, notó que Juana la observaba. Ese fue el único gesto diferente. Le preguntó si quería la libreta pero ella la siguió mirando. Al irse le dejó la lapicera y unas hojas de papel. Al principio Juana desconfió pero de a poco se acercó y empezó a dibujar algunos garabatos que luego escondía entre las sábanas para que nadie los viera.
Los trazos no eran demasiado claros, sólo un gran círculo negro, un pequeño punto a un costado y algunas gotas. Pero cuando la doctora los miró con más atención comprendió que empezaba a producirse un leve cambio. Ella seguía yendo a verla y le dejaba siempre una lapicera y un papel. Con el paso de los días los dibujos empezaron a ser más definidos. Una vez había pintado a una mujer con su niño en brazos y manchas de sangre alrededor. La médica le empezó a preguntar qué significaba eso, pero Juana permanecía en silencio y seguía escribiendo.
¿Sabés, mi amor?, no puedo acostumbrarme a la soledad. Tu papá viene a visitarme seguido, pero tengo ganas verte. Te extraño. En este lugar hay un lindo parque que estoy segura: te encantaría. Sólo le faltan hamacas. Sí, a vos te encantan las hamacas. Recuerdo que ese día en la plaza te reías, te reías ¿Te acordás?
Hoy la doctora llevaba unas tijeras en su guardapolvo, y aunque siempre te dije, que no hay que sacar las cosas ajenas, se la robé.
Ese día te había prometido que cuando volvamos a casa íbamos a recortar figuritas, pero…. No importa. Ahora vamos a tener todo el tiempo del mundo para estar juntos y recortar muchas figuritas.
Juana se levantó y dejó caer la lapicera y el papel. Caminó unos metros, agarró la tijera, la miró detenidamente, volvió su vista a la ventana y se la enterró en el corazón. Esta plaza es más linda mi amor, ¿no te parece? Mirá las hamacas, son grandes y tan hermosas como vos, pero no corras, no corras, ahora voy a buscarte  y esta vez voy a ganarte yo.

1 comentario:

  1. Terrible, tan parecido a la realidad periodística la primer parte ... Asusta!!!!

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