30.3.10

Los hijos duelen

Cuando salió del hospital, flaca, maltrecha jorobada, con el pelo ya blanco, a pesar de estar aún en tiempo fértil, sólo le escuché balbucear ¡cómo duelen los hijos!, ¡ah! , cómo duelen los hijos....
Me llamó la atención su lamento, me acerqué, la miré, tenía la mirada perdida, un bebé en brazos, mejor dicho en un brazo, ya que con el otro abrazaba su panza.
Resolví seguirla. Siguió caminando unas cuadras, balanceándose, con paso inseguro, lentamente, sin detenerse y sin parar su balbucir, cómo duelen los hijos, acompasadamente y susurrado a modo de canción de cuna, o de letanía.
El día estaba nublado y ventoso, me costaba caminar, iba refugiándome detrás de los árboles ya que temía ser vista, aunque ella estaba abstraída en su mundo.
Se detuvo frente a una puerta de madera, desvencijada y gris, la abrió y entró. Atraída como por un canto de sirenas no pude evitar mi persecución, entré detrás.
Un pasillo largo y angosto, oscuro, de paredes húmedas, con una vieja pintura descascarada, que alguna vez fuera amarilla. Seguí tras ella, trastabillando y casi sin ver. Me guiaba por el sonido, cómo duelen los hijos.
Tres escalones hacia abajo, otro pasillo, al final del mismo podía divisarse una pileta de lavar ropa, apuré el paso, el murmullo se iba alejando, casi me estrello contra una pileta de cemento musgoso verdegris, con canillas goteantes, y al lado nomás, una puerta y una habitación.
Ella entró, yo también. El piso crujía al contacto de mis pisadas, una lámpara colgaba del techo con una luz blanquecina que dejaba ver el techo con tirantes de madera brillante, y cuatro camas superpuestas, seis niños en pijama, cada uno comiendo un trozo de pan.
¡Como duelen los hijos!, seguía mascullando... No se percató de mi presencia, pude verla bien, su cara gastada, su espalda vencida. Entonces se dio vuelta, dejó a su niño en la cuna y  me miró fijo a los ojos. Automáticamente bajé la mirada y noté con espanto que  un agujero sin fondo abarcaba todo su abdomen.

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