Plantada sobre sí misma
eracta en medio del desierto
la piedra sobrevive
sus grandes ojos huecos ven a este
a norte, a sur, a oeste
(sólo un rumor de viento en las arenas)
la piel se resquebraja y cada horadación
es otro ojo que mira un círculo de horizonte vacío
de noche tiembla de miedo por el infierno del día
de día la estremece
la memoria del hielo que de noche la cubre
y no sabe
o presiente y no cree
o cree y no le sirve
que toda esa arena
no es más que ella misma
su propia mutación de piedra
Lidia Fernández
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