1.
Aquel atardecer marcó el comienzo. Una fecha imprecisa, un instante confuso, y un sol que actuaba ante otro público lejano y desconocido. Los efectos de sus rayos recordando con su tono rojizo que cada fin marca un nuevo comienzo. Rocío sintió la brisa de la noche sobre su espalda descubierta y se levantó del banco de la plaza rumbo a la estación. Habían pasado apenas unas horas desde que el mundo se callara por temor, ante la bala que marcara el fin de la corta vida de Manuel. Esa carita pícara aún le sonreía a Rocío.
No moriste, Manu –murmuraba Rocío mientras el kioskero y el sereno la miraban con piedad, moviendo sus cabezas lentamente al son de sus palabras bien intencionadas, que se traducían todas ellas en: “pobrecita”.
El cofre de Manuel se consiguió por medio de la Iglesia, y fue depositado en el cementerio de los indigentes por unas señoras de bien. Desconociendo su fecha de nacimiento, y su apellido, la simple palabra Manuel QEPD acompañaron su cuerpito a la misma tierra que tantas veces lo había acogido en noches calurosas de verano. Es probable que el único techo que haya conocido Manuel fuera este cofre.
“Que en paz descanse” repetía Roció... Si en vida no descansaste en paz, hermanito, tampoco lo harás en la muerta, hasta que yo te acompañe.
2.
Era un edificio viejo, de glorias pasadas y pisadas. Ya nada quedaba de las vocecitas de los niños, los retos de sus padres, las entradas y salidas de los turistas que solían pasar sus vacaciones en el Hotel Atlántico. Ya ni siquiera golpeaban los marcos de las ventanas retumbando en el vacío de este viejo casco. Las plantas del jardín, compadeciendo el triste derrumbe de una fachada majestuosa de antaño, escondían con sus largos brazos verdes la planta baja. Algunos perros vagabundos se refugiaban en noches de tormenta en las habitaciones amplias con sus techos altos, junto a restos de basura, fogones de algún grupo juvenil, y los yuyos que se apoderaban poco a poco del hotel.
Cada verano, el pueblo se alegraba nuevamente con el tumulto de los afortunados turistas que llenaban los edificios altos construidos sobre la avenida costanera, con vistas al mar. Muchos, es cierto, habían optado por invertir en alguna propiedad del pueblo, resguardándolo durante los largos meses del año, para usar en enero o febrero. El Hotel Atlántico, se había retirado lentamente de la costanera, que alguna vez separara su terreno de la playa. Hoy se encontraba en el borde sur del pueblo, lindando los terrenos vacíos, a una cuadra y una costanera, del mar. Aún si su estado y su edad le hubiese permitido ponerse en punta de pies, no podría ver el sol levantarse allá en el lejano horizonte del Atlántico.
Apenas unos pocos se habían detenido a preguntarse por qué el viejo hotel no se había vendido, aprovechando su amplio terreno para algún desarrollo turístico más moderno. Los que lo habían hecho, se encontraron con respuestas evasivas, confusas, misteriosas. Nadie conocía el dueño, pero todos contestaban “El Hotel Atlántico? No, no se vende... Olvídalo, no se va a vender”.
Pero cada verano el hotel recibía una visita. Una mujer solitaria y decidida paseaba todos los atardeceres por la vereda del hotel, mirándolo como si estuviera atrapada por una fantasía. Tan viva era su sueño que se proyectaba nítidamente en las pantallas de sus ojos luminosos. Jamás entró al terreno. Jamás le sacó ninguna foto. Jamás habló con ningún vecino. Simplemente paseaba por la vereda, casi sonámbula.
Los años se sucedieron unos a otros. Los edificios de la costanera cambiaban de altura, de color, de forma, de habitantes. Las atracciones turísticas iban y venían con las modas y los vientos. Mientras tanto, el Hotel Atlántico, y su pequeña admiradora, parecían haberse quedado en el tiempo. Su romance silencioso había parado las agujas del reloj. Postales sucesivas del pueblo eran un testimonio de los cambios. En las primeras: El Hotel Atlántico en todo su esplendor, algunas casas dispersas, algún automóvil y algún sulky. Y en primera plana, una familia posando rígida para la máquina: los muchachos en sus trajes de baño enterizos, las muchachas con faldas largas y sombreros para el sol. Luego aparecieron los edificios, cada vez más edificios, y cada vez más altos. Aparecieron los colores, las multitudes. Desapareció el Hotel Atlántico. Ya no se lo veía en ninguna postal, aunque seguía allí. Desaparecieron los trajes de baños enterizos, las faldas y los sombreros. Sólo quedaban masas de piel bronceada, sin identidad, sin dueño.
Era un 5 de febrero, una tarde calurosa con solo unas líneas blancas simulando nubes en el lejano oeste. Rocío iba a contramano de la gente alejándose de la costanera. Dobló en la primera esquina y cruzó la calle para retomar el camino ya gastado por sus pasos de tantos años, frente al Hotel Atlántico. Pero esta vez se paró silenciosa frente a la escalinata de entrada y miró confusa el cartel VENDE que había aparecido desde la noche anterior. Pensando que se trataría de una broma, siguió su camino acostumbrado. Pero sus pasos eran un poco más lentos, y su frente se estaba frunciendo con dudas. Llegando a la esquina, dio una vuelta súbita y llegó con paso apresurado a la escalinata nuevamente. Subiendo los escalones prohibidos, fue cayendo poco a poco en la cuenta de que el cartel no era una broma. Estaba aferrada a dos postes de madera sólidos, con unos clavos gruesos y firmes.
Mareada, confundida, incrédula, Rocío se sentó al lado del cartel. Sólo los tonos cambiantes del cielo acompañando la puesta del sol marcaban el correr de las horas. Rocío no se movía. Un vecino que salía a comprar facturas se quedó un instante mirando el cartel, y a Rocío, y sacudió la cabeza con tristeza. “Vio, señorita, ni el Hotel Atlántico se salva de esta oleada de progreso que arrastra nuestro pueblo”. Pero Rocío no parecía escucharlo.
El vecino siguió su camino. Llegando a la panadería de la esquina, entró con su saludo acostumbrado
- Tardes, Doña María
- Buenas tardes, Cacho. Lo de siempre?
- Lo de siempre. Oiga, Doña, se vende el Hotel Atlántico?
- Pero no, Cacho...
- Es que está la señorita del hotel con un cartel en la puerta
- La visitante? No me diga. (Un peso cincuenta, Cacho) Con que el hotel era de ella... Quien lo hubiese creído. Con razón lo visitaba tanto. (Cincuenta centavos su vuelto, gracias)
- Gracias. De quien? No, no. El cartel... la señorita... Ud. cree?
Cacho salió de la panadería con sus medias lunas, su vuelto de cincuenta centavos, y una idea nueva: la dueña del hotel era “la visitante”.
Mientras Cacho desaparecía por la esquina en dirección de la casa de su hija, Rocío entretenía con su mirada perdida, su silencio y su enigmática presencia, a algunos vecinos más.
- Che, Raúl, mira esto – gritaba una joven – se vende el Hotel Atlántico.
- Ya era hora. Que desperdicio ese terreno, y ese criadero de bichos y vicios en que se había convertido.
Rocío recogió su mirada, y la enfocó con tristeza en los ojos del joven justo en el momento que éste se daba cuenta de que su comentario había llegado a otros oídos que los de su novia.
- No hablaba de Ud. – se atajó Raúl educadamente
- No hablamos de mí – susurró Rocío, con las primeras palabras que los vecinos recordaban haberle escuchado en la década en que visitaba al hotel.
- Disculpe...? Ud. ha comprado el hotel?
- Bichos. Vicios. Desperdicio. – Rocío hablaba como si saboreara las palabras. Y en el instante en que Raúl se convencía de la locura de la señorita enigmática, ella recogía nuevamente su mirada para contestar la pregunta que había ignorado.
- No se compran.
- Me refería al hotel... Está en venta... Ud. lo ha comprado?
Rocío se paró lentamente y con una inclinación leve de la cabeza parecía darle fin a la audiencia. La pareja entendió que la conversación inédita había concluido y recordando el motivo para el paseo del atardecer, cruzaron la vereda en dirección al mar.
- Lo que no tiene dueño, no se puede vender. El amor, por ejemplo...
Raúl la escuchó, y se sonrió, convencido que la visitante era, como alguna vez habían sospechado, una loca.
Las cortinas trizadas de plástico con pelotitas de madera jugaban alegremente en la puerta de la panadería con la entrada y salida de los vecinos. Parecían bailar al son del bullicio del rumoreo de su interior.
- Que me dice? – comenzaba Doña María con el orgullo propio del dueño de un rumor caliente – La visitante enigmática era la dueña del hotel, y lo está vendiendo.
- Cómo dice, doña?
- Pobre mujer – añadía la señora de la esquina – resulta que no sólo es muda y chiflada, sino que además tiene unas deudas impresionantes...
- Al fin, será para bien. Ya no servía para nada ese hotel, y le daba mal aspecto al barrio.
- Así y todo, me da pena – ofrecía una jovencita – recuerdo los cuentos de mi abuelo de las alegrías de ese hotel. En verano él actuaba en un grupo de teatro que entretenía a los visitas, y así aprendió anécdotas de todo el mundo... Nunca se lo veía tan feliz al viejito que cuando contaba anécdotas del Hotel Atlántico...
- Y bue! – suspiró el anciano sabio – Ya nada queda de esas épocas. Será mejor borrar hasta el recuerdo, para sufrir menos la ausencia.
- Y de la extraña señorita... que me dicen? – insistía Doña María.
Súbitamente la panadería se iba vaciando... Los vecinos recordaban a sus familias esperando las facturas o el pan, pagaban o anotaban sus cuentas, y desaparecían detrás de las cortinas risueñas que susurraban al oído de cada uno “Y de la extraña señorita, qué me dicen”. De la extraña señorita, decían poco y nada. De lo incomprensible, lo atípico, lo enigmático...de eso no se habla. No había consenso entre los vecinos. Ante la posibilidad de incurrir en puntos de vista desfavorables, era mejor callar.
Esa noche, en el bar de la costanera, Raúl y su novia copiaban el esquema de la panadería.
- Vieron que se vende el Hotel Atlántico?
- Sí, sí. Todo el pueblo lo sabe. Pero a que no saben de quien era ese hotel...? – desafiaba otro.
- De quien?
- De la muda. Sí, sí. Esa loca que siempre anda por ahí, que por poco la tomamos por verdugo, era la dueña.
- Loca tal vez – aportó Raúl molesto por haber perdido protagonismo en el rumor – pero muda no es. Yo hablé con ella esta mañana. Además, ella no era la dueña.
- Hablaste con ella? – fue la reacción general – Y no te atacó, ni te maldijo?!
- Tiene una mirada dulce, y una voz muy quieta. Es loca, pero inofensiva.
- Y qué te dijo, que te dijo? Con que no es la dueña? Pero si Doña María le aseguró a mi viejo que ella había puesto el cartel...
- El hotel no tiene dueño, y no se vende.
- Pará Raúl... qué decís?
- Parece que la loca lo ha embrujado en serio! Por qué decís eso?
- Es como el amor... no tiene dueño... y por lo tanto no puede venderse...
Hubo un silencio incómodo. Raúl, el amigo que, si se destacaba en algo, era por su excesiva normalidad, al punto de tener el apodo “aburrido”, estaba mirando al grupo como un profeta rindiendo una verdad divina. Lo ridículo de sus palabras – desde donde venían, en donde se decían y ante qué público – contrastaba abruptamente con la tranquilidad y seguridad de Raúl.
- Mozo! – aprovechó uno del grupo – traiga otra ronda de cervezas por favor.
El momento se superó y se olvidó.
Era más temprano el 6 de febrero cuando apareció Raúl por el Hotel Atlántico. Rocío ya se encontraba en lo que empezaría a ser su nuevo hogar: sentada al lado del cartel de venta del hotel. De espaldas a la vereda miraba hacia el interior de los agujeros que habían sido ventanas. Raúl se acercó tímidamente al inicio, pero al ver que la joven no se daba vuelta para recibirlo, pisó más fuerte los últimos escalones. No hubo reacción.
- Buenas tardes, señorita. – ofreció con voz bajita.
- Todas ellas – contestó Rocío inclinando su cabeza como el día anterior.
- Le molesta si me siento a charlar con Ud.?
Sin esperar la respuesta, Raúl se sentó a un paso de Rocío, apoyando su espalda en una columna de la vieja entrada, mirando en diagonal hacia la vereda. Inexplicablemente, el corazón de Raúl latía furiosamente. No era el miedo a encarar una mujer. No era el miedo a un examen. Era el miedo a lo desconocido. La ansiedad de saber la próxima jugada y la próxima respuesta. Rocío giró levemente la cabeza y recogió su mirada en el muchacho.
- Viniste por el amor – dijo sonriendo.
- No, no! Tengo novia! No, no! Se equivoca! – Raúl se levantó torpemente, sacudiéndose de la tierra, las telarañas y las hojas secas. En su cabeza daban vuelta mil frases “Que idiota que soy... para qué vine?” “Al final era loca y encima prostituta” “Atrevida”.
- ... el amor que no se vende. – siguió Rocío, mirando nuevamente hacia el interior del hotel con ojos fantasiosos y perdidos en el espacio – El amor, el honor, el valor que no tienen dueño.
Raúl ya estaba a unos pasos pero la escuchaba claramente. Nuevamente sonrió, como el día anterior. “Loquita” pensó hacia adentro.
Los días pasaron y el bullicio de los comentarios sobre la venta del Hotel Atlántico, su dueño y la extraña visitante se fue calmando hasta silenciarse completamente. Los turistas se volvieron a la Capital a encarar un año nuevo de trabajo dejando que los vecinos retornen a sus vidas cotidianas.
Mientras tanto, en la tranquilidad y privacidad del olvido y el abandono, el viejo hotel Atlántico empezó a tener movimiento. La presencia de la visitante en la puerta era pegadiza, compulsiva. Así como el veneno de cucarachas trae a la luz todas las que habitan en la oscuridad de una casa, la visitante exhibió con su presencia todos los que se refugiaban en las paredes viejas y abandonadas del hotel. Pero a diferencia del veneno, ella los revivía, les daba fuerzas y esperanzas. Pero sobre todo, les daba un orgullo de reconocer su lealtad al viejo hotel: una lealtad que habían escondido y ocultado durante tantos años – en muchos casos toda la vida. Era un grupo heterogéneo y disímil que se iba conformando y consolidando primero en las escaleras del hotel, y luego en su interior. La posibilidad de la venta del lugar que tantos habían presumido que no desaparecería nunca, había despertado una sensación de posesión entre ellos. Comenzaron por despejar el comedor del viejo hotel, de los yuyos, plantas y restos de basura.
Tímidamente renacía el hotel. Y los vecinos paseaban por su vereda viendo solo el cartel de Venta, y a veces percibiendo la presencia de la visitante. Es que tantos años de entrenar a la vista a obviar los movimientos en las entrañas del cascote del hotel, les había enseñado a ver selectivamente. Con el tiempo habían empezado a ver a la visitante, principalmente por la convicción de que era una “loca inofensiva”. Pero los extraños movimientos y presencias inexplicables eran invisibles a los filtros protectores de sus vistas.
Hasta que un día, en la oscuridad de una noche de invierno, las llamas del fogón en el comedor iluminaban alevosamente al hotel. Cacho volvía de una caminata nostálgica por las playas donde alguna vez vivió el romance de verano con la que sería su mujer de 40 años. Recordaba la inocencia de su juventud, las guitarreadas con sus amigos, y el crecer de su amor y su familia. Extrañaba a su mujer – enterrada ya hace unos años luego de una enfermedad cruel y larga. Vio a los jóvenes borrachos entrando en el boliche de la costanera, y prefirió volver por las calles tranquilas del barrio viendo el mar y sus pinceladas blancas en su memoria. En ese cambio de ruta, pasó por la vereda en frente del viejo Hotel Atlántico. Al ver la iluminación amarillenta de su interior paró su marcha y miró con detenimiento.
- Cirujas – pensó, aunque sin convencerse.
El cartel de venta apenas se distinguía en la oscuridad. Pero en el marco de la puerta principal, se vislumbraba la silueta inconfundible de la visitante que parecía llamarlo. Cacho se sorprendió sintiéndose ansioso, hasta con miedo, a esta altura de su vida. Pero algo lo atraía con una fuerza indescriptible hacia la escalera del hotel. Cruzó la calle y subió – por primera vez en años – esos escalones amplios y viejos. Sin palabras aceptó la mano extendida de Rocío y dejó que ella lo lleve al umbral.
- Las palabras sobran para ti – le dijo Rocío desde el interior del hotel con una mirada que llegaba a la infancia del viejito.
- Es que ya soy viejo para esto.
- Acaso el amor tiene edad? La belleza del mar se marchita o se arruga? Puedes decir si la virtud es niña o anciana?
- Qué quieres de mí? – dijo con voz temblorosa.
Rocío extendió nuevamente el brazo, indicando con su movimiento la dirección del fogón. Cacho atravesó el umbral y caminó lentamente hacia el grupo reunido alrededor de las llamas. Aceptó un banquito que le acercó un muchacho y sin decir una sola palabra tomó un palo y acomodó las brasas y los troncos del fuego. Inmediatamente las llamas se calmaron y las brasas brillaron al rojo vivo. Suspiró con la comprensión de que ya no abandonaría al viejo hotel. Había llegado a casa.
Pero no todos los que veían las luces del hotel y se acercaban permanecían en él. Algunos llegaban a la escalera, aplaudían en busca de atención, y no eran recibidos por nadie. Otros aceptaban la mano de Rocío pero no se atrevían a pasar el umbral. Y aún otros llegaban al fogón pero no permanecían. Así llegó una muchacha joven una noche. Era una mujercita con energía y carácter, quien había dedicado su vida a restaurar viejos edificios. Llegó con confianza al hotel y sin prestarle atención a la luz de su interior, subió la escalera y se sentó al lado de Rocío.
- Es maravilloso lo que estás haciendo – dijo mirando con afecto y admiración a la visitante.
- Y lo que hago es....? – ofreció Rocío
- Defender al hotel, que es un patrimonio histórico del pueblo. Yo te admiro por tu lucha por proteger la historia y la belleza de otras épocas. Amo los edificios viejos y he leído mucho del Hotel Atlántico. Puedo pasar?
- No es mío – respondió con voz apagada y triste Rocío.
- Pero lo será! – dijo animada la joven – yo te ayudaré. Además con todo lo que has hecho el pueblo ya lo considera tuyo... Me lo muestras?
Rocío tomó la mano de la joven y la llevó al umbral del hotel. Pero antes de entrar la miró a los ojos por primera vez y le preguntó:
- Si alguien quiere ver tu alma, qué le muestras?
- Un pájaro intentando volar.
- Un símbolo... una alegoría... una idea semejante...
- Sí, porque el alma no es tangible y no es visible.
Rocío le indicó con un ademán del brazo el interior de la casa y la joven se apresuró a pasar. Se dirigió primero a lo que quedaba de la escalera majestuosa que subía al primer piso. Tocó delicadamente la madera tallada del pasamanos murmurando palabras de asombro y fascinación. Finalmente llegó al grupo reunido alrededor del fogón.
- Este hotel no se va a vender – dijo mirando uno por uno a las figuras reunidas – yo los voy a ayudar. Tengo un abogado amigo con experiencia en estos temas de propiedades históricas. Lo que ustedes hacen al ocupar el hotel es de mucha importancia. Los felicito.
Alrededor del fogón las figuras parecían no escucharla, ni siquiera verla. Sus palabras cayeron en un vacío sin siquiera un eco. Salvo un muchacho quien acercó su banquito y le preguntó con curiosidad
- Es posible entonces que nuestra ocupación nos haga dueños de este hotel?
- En cierto sentido, sí – contestó aliviada de haber logrado alguna respuesta a su entusiasmo. – Al ser patrimonio histórico podrá tener una Fundación que lo administre y maneje, y creo que todos aceptarían que ustedes fueran de esa Fundación.
- Y lo podríamos restaurar como museo, abierto al público?
- Sí, claro. Y los fondos ayudarían a mantenerlo en buen estado.
La joven se dirigió a la entrada, seguida por el muchacho quien insistía en su interrogatorio sobre las posibilidades legales y reales. A los pies del cartel se encontraba nuevamente reposada la visitante, siempre mirando hacia el interior del hotel. Al ver salir a la joven con el muchacho, levantó la cabeza y le preguntó
- Encontraste lo que buscabas?
- Es maravilloso. Es un sueño.
- Lo que viste es el pájaro intentando volar. Si lo logra, se irá hacia el horizonte. Si no lo logra, morirá. De ambas formas no lo verás por mucho tiempo.
- Pero el alma del hotel permanecerá siempre si logramos preservar el edificio.
- Hablo de lo que tú viste: el símbolo de tu alma.
La joven se sintió agredida y confusa. Sonrió educadamente saludando con la mano al bajar la escalera y desaparecer por la vereda de en frente, el muchacho caminando ligera y ansiosamente a su lado.
Pero la joven restauradora de edificios históricos era luchadora y triunfadora. Lamentaba no haber entablado una relación más amistosa con la visitante del hotel. Sin embargo esto no iba a detenerla en su afán de hacerse cargo del monumento histórico. Le gustaba la idea del museo y sabía que el grupo de defensores del hotel se darían cuenta de la lógica una vez que veían restaurado el hotel en todo su esplendor. Tomó nota del teléfono en el cartel de Venta, y puso manos a la obra.
Rocío, mientras tanto, no volvió a su casa este año. Permaneció firme en la entrada del viejo edificio, alentando silenciosamente a aquellos que querían entrar y unirse al fogón y desalentando a aquellos que sólo buscaban curiosear o ‘jugar’ con la novedad. El comedor del hotel se transformó en un pequeño paraíso de paz y tranquilidad. Llegaban al atardecer, prendían el fuego y alimentaban sus almas. Nadie los veía salir del hotel. Sin embargo la mañana los encontraba a todos en sus casas y trabajos como de costumbre.
Con el tiempo, el olor al fuego y a las paredes viejas y húmedas empezaba a impregnarlos. Era un olor a antaño, un olor fresco pero viejo. De a poco el pueblo comenzaba a reconocerlos por este distintivo aromático que llevaban a todos lados. Algunos, avergonzados por su adicción al fogón del viejo hotel, se perfumaban excesivamente por las mañanas para ocultar el olor al hotel. Otros paseaban orgullosos de su estigma desafiando los comentarios de vecinos y familiares e incluso invitándolos a conocer el fogón.
Los niños entraban y salían con alegría del viejo hotel. En realidad, siempre habían usado sus cuartos, su jardín, su misterio como parte de sus juegos y sus fantasías. Y lo siguieron haciendo, ignorando el grupo del fogón. Ellos llevaban su propio olor a la infancia, y curiosamente el humo y la humedad rebotaban en ellos sin impregnarlos como a los grandes. Rocío los adoraba. Pasaba sus mañanas y tardes perdida en las entrañas del terreno jugando y observando a las criaturas. Pero a la hora del atardecer volvía con toda su dulzura al poste del cartel de venta de espaldas a la vereda. A esa hora los niños ya no estaban, y la velada del fogón comenzaba.
3.
Corrían los meses de invierno cuando comenzó a circular por la calle del Hotel Atlántico un auto blanco e imponente. Un auto de ciudad. Un auto ajeno al pueblo. El conductor miraba siempre hacia delante, mientras que el pasajero giraba decididamente sus anteojos de sol hacia el terreno del hotel. Rocío, perdida en los juegos de los niños, o de espaldas a la vereda nunca lo veía.
- Pequeña – le dijo con mirada preocupada un día Cacho – ese auto que pasa siempre por el hotel... me parece que quieren comprar el terreno.
Rocío le miró a los ojos sin mostrar ninguna reacción ni preocupación, y sin contestar.
- Dicen en el pueblo que lo van a demoler para hacer un edificio en altura.
- Y tú. Qué dices tú?
- Son poderosos, niña. No podremos oponernos. Pero el fogón podrá arder en otro sitio, no te parece?
- Cuando transfieres tu amor de una mujer a otra... sigue siendo el mismo amor?
Cacho pensó en su mujer, su querida esposa de 40 años. La miró a la visitante, por quien sentía un cariño profundo que a veces creía confundir con amor, aunque jamás lo hubiese admitido a nadie. Sonrió al comprender, y volvió al fogón.
El auto blanco persistía.
La joven restauradora persistía.
El fogón ardía noche tras noche.
Una nube negra amenazaba al pequeño pueblo costero. La tormenta era inevitable y los vecinos la temían. El pueblo estaba dividido. Silenciosamente el grupo del fogón se había infiltrado en los rincones más escondidos de la comunidad: en sus salones de fiesta, en sus hogares, sus panaderías y sus playas. El olor al humo y la humedad se extendía. Algunos reconocían que era inofensivo, y hasta envidiaban la tranquilidad que irradiaba del grupo del fogón. Otros se alejaban del olor y los tildaba de verdugos, mendigos, vagabundos. Hasta parecía desalentar a los turistas. Se decía que este verano habría menos comercio porque la fama de prácticas extrañas en el pequeño pueblo había llegado a las ciudades.
El auto blanco persistía.
En su interior, el Señor de los anteojos negros parecía estar cada día más relajado, más inclinado en el asiento y con un comienzo de sonrisa en sus labios. Había llamado al número que figuraba en el cartel, y le habían contestado con evasivas. El dueño no lo podía atender, decía una niña. Otra vez una mujer le dijo que el hotel no tenía dueño. Y aún otra vez le habían dicho que el hotel no se vendía. Sus abogados estaban trabajando en el tema. Seguramente se trate de una sucesión... de familiares queriendo lucrar con la venta... Seguramente la propiedad se remataría y el negocio le saldría aún más redondo. A través de las esferas negras, el Señor del auto blanco vislumbraba a la mujercita recostada en el cartel. También sobre ella había hecho sus averiguaciones. Una chiquita de la calle. Una huérfana. Una pobrecita. Con los millones que le prometía el negocio del desarrollo del terreno, no le costaría nada ofrecerle un terrenito a la extraña niña. Y de no aceptarlo, la arrojaría nuevamente a su verdadero hogar: la calle.
La joven restauradora persistía.
Luego de su visita al hotel, la joven se había movido entre el gobierno local y provincial en busca de respaldo para proteger al patrimonio histórico. Curiosamente la propiedad no figuraba en los planos del pueblo, ni existía indicios para considerarlo de valor. Pero una atracción turística no le vendría mal al pueblo... Conseguir financiamiento para la compra y restauración era más difícil. Estaba en tratativas con organizaciones del exterior, que tal vez quisieran agregar este pueblito a los lugarcitos del tercer mundo beneficiados por su brazo protector. Sólo le pesaba el recuerdo del intercambio con la visitante. A veces en sueños aparecía entre los obreros trabajando en la restauración y construcción del museo. Se deslizaba como un ángel, y con su mirada profunda le repetía “Es tu alma el que restauras en museo”. Despierta trataba de olvidar esta mujer insignificante que no era más que una “chica de la calle” a quien la ley desecharía sin problema.
Y el fogón seguía ardiendo. El grupo había despejado el gran salón de la entrada, para ganar más espacio para los que se acercaban y se quedaban. A veces conversaban sobre el auto blanco y la joven restauradora. A veces conversaban sobre la visitante. Rocío no se unía al grupo al lado del fogón. Permanecía en la puerta. Era de pocas palabras, miradas perdidas, y manos frías.
4.
Insólito juicio aquel. Un juez, el Señor del auto blanco, la joven restauradora y Cacho. Causa: El cartel de VENTA del hotel Atlántico.
- Señor juez – comenzó el comprador del auto blanco – el asunto es sencillo. Existe una propiedad cuyo dueño no materializa, es decir, está prófugo. El edificio que fuera el viejo hotel se encuentra en estado calamitoso, que pone en riesgo la salud de los vecinos, y a su vez baja el valor de la propiedad del barrio. No solo propongo, sino que puedo demostrar los medios existentes, para transformar esta propiedad en un edificio de departamentos para unas cien familias. Esto no sólo abrirá posibilidades para veranear a dichas familias, sino que traerá beneficios económicos para todo el pueblo y una mejora de rentabilidad para los vecinos. Señor juez: el hotel Atlántico debe venderse al mejor postor.
Sin decir palabra, el juez gira la cabeza hacia la joven.
- Señor juez, señoras y señores. El Hotel Atlántico no es una propiedad sin dueño. Los dueños son todos los habitantes del pueblo, y aún más, todos los habitantes de la tierra. Es parte de nuestro patrimonio histórico, nuestra cultura. Fíjense los cambios en el pueblo a lo largo de este siglo... Qué queda de aquella agrupación de viviendas al lado del mar, forjando una vida en común, un futuro y una dignidad con el sudor de sus esfuerzos y la fuerza de sus sueños? Los barcos en el horizonte ven solamente torres impersonales que hoy están y mañana serán reemplazadas por otras. Ya no queda ningún rincón donde recordar quienes nos precedieron, y a quienes debemos estas vidas. El Hotel Atlántico debe ser declarado patrimonio histórico de interés público. Claro que habrá que restaurarlo a su antigua gloria: recuperarle su techo de tejas rojas, su entrada majestuosa y sus cortinas coloniales... para lo cual sería conveniente formar una Fundación Hotel Atlántico que recaude fondos a tal fin. Señor juez: si se vende el hotel Atlántico, se vende nuestra historia.
Tan solo queda por hablar Cacho. Los ojos se fijan en su rostro noble con un aire de tristeza profunda. Las arrugas, como anillos de un tronco, dan fe y exhiben orgullo de los años vividos.
- Señores, había una vez un pueblo que conversaba. En el muelle los pescadores se contaban sus sueños e intercambiaban sus lamentos familiares. En la panadería de Doña María se escuchaban las novedades del día y los anticipos de reuniones venideras. Los niños jugaban en las calles sin miedo a vehículos, delincuentes ni violadores. Pero sobre todo, el pueblo conversaba. A veces con puños, a veces con sonrisas ó abrazos, a veces con palabras. Claro, esto es historia. Yo mismo he conocido el continente antiguo, viajando en aviones de última tecnología que nos transportan a tierras soñadas en solo unas horas. Qué maravilla! Verdad? Cuánto ha aprendido y progresado el hombre en el manejo de los recursos provistos por nuestro Creador! Amo el presente. Mi pueblo ama el presente. Recordamos con melancolía el pasado, nuestra historia – la voz de Cacho tiembla y su mirada se nubla mientras ve en la pantalla de su memoria la imagen de su joven novia
- Sí – suspira – esos recuerdos alimentan nuestras vidas.
Prosigue un silencio crecientemente incómodo. Seguirá hablando Cacho? O le ha conmovido demasiado el recuerdo? Finalmente toma la palabra el juez:
- Señor González, entiendo que Ud. representa un grupo de habitantes que se oponen a la venta del hotel. Es así?
- Lo que no tiene dueño, señor juez, no se puede vender.
- Entonces, podríamos decir que su grupo apoya la gestión de la designación del hotel como patrimonio histórico?
- Señor juez. Si su hijo muriese a destiempo, que preferiría: que lo entierren y le ofrezcan un hijo más buen mozo y más inteligente, o que lo embalsamen en plena corrida hacia usted con sus brazos extendidos y su sonrisa a flor de labio, congelado para siempre en la búsqueda de un cariño que ya no le llegará?
- Señor, con todo respeto, este discurso está fuera... – comienza a interpelar el señor del auto blanco mientras la joven mira confundida el curso del juicio.
- Respóndame, señor, se lo ruego.
El tono, y la mirada penetrante de Cacho atraviesan la capa de juez y llegan al hombre detrás.
- Ninguno de los dos.
Cacho junta sus manos en un aplauso suave que acompaña una sonrisa leve en su rostro cansado.
- No entiendo... – murmura el juez – ... creo que no estamos hablando del Hotel Atlántico?
- No, ni nunca lo estuvimos.
- Esto es absurdo! El hombre no razona... – se exaspera el señor comprador, mirando a su alrededor en busca de apoyo.
Cacho deja su silla al lado del comprador y la joven y se acerca al juez, dirigiéndose a éste y al público.
- Si no quiere un hijo nuevo, y no quiere congelarlo en una posición inmóvil, qué quiere?
- Lo quiero vivo: en persona o en mi mente.
- Nosotros también. – explica el anciano tomando su gorro de la silla y dirigiéndose hacia la puerta del salón. – Adiós.
5.
Han pasado los años, y el pueblo se ha olvidado del episodio de la venta del hotel Atlántico. Los pronósticos del señor del auto blanco se cumplieron al pie de la letra: el edificio imponente de departamentos con balcones escalonados para compartir el cielo, alberga a una centena de familias que nada saben de la historia del terreno aquel. Aumentó el valor de la propiedad del barrio, y aumentó el turismo reactivando la economía del pequeño pueblo.
A pocos kilómetros aparecieron curiosamente las ruinas de un viejo hotel que casualmente se llamaba hotel Atlántico, y dicen que la joven restauradora ha conseguido la concesión para transformarlo en un museo histórico de la zona. Esto también ha incrementado la atracción turística.
Durante un tiempo, después de aquel juicio, y la decisión del juez de vendérselo al mejor postor, destinando los fondos al Municipio del pueblo, se veía en las noches un fogón débil y pequeño iluminar la playa a la altura del hotel. Poco a poco los que habían encontrado su hogar en las ruinas del viejo hotel, se fueron alejando. Tan solo a veces se ve, entre las sombrillas y las multitudes dos figuras atípicas conversando en el atardecer. Casi sin percibir la presencia de los veraneantes, y descuidando las miradas curiosas captadas por lo extraño de su ropa pueblerina, Cacho y Rocío comparten momentos de conversación y de silencio.
- Decíme, Cacho – dice Rocío rompiendo el silencio íntimo entre medio del bullicio ajeno - te parece que algún día el pueblo volverá a conversar?
- Pequeña... Yo nací cuando aún se veía el alma de la gente. Por eso creo en su existencia y por eso vi la tuya. Pero tú... tu no lo viste. Sólo confiaste por instinto, por naturaleza humana.... o porque a pesar de nuestros desvíos, Dios no nos abandona. El pueblo volverá a conversar porque tú creíste en él.
Nuevamente invade su espacio el silencio. Rocío recoge esa mirada lejana en los niños jugando a su alrededor, y se transporta a otras caras, otras vidas, algunas ya pasadas hace mucho tiempo.
- Decíme, Rocío, que hubieras hecho si el pueblo te hubiera entendido?
- Hubiese reemplazado el cartel de VENTA del hotel, por uno que dijera MANU, QUE EN VIDA DESCANSES.
MANU
Por Ana Cutts
un cuento de vidas no vividas
Hay quienes observan la realidad tal cual es
y se preguntan por qué.
Hay quienes, en cambio, la imaginan como jamás había sido
y se pregunta por qué no.
G.B Shaw
No hay comentarios:
Publicar un comentario